Jeep lanzó a la venta en diciembre pasado la nueva generación de su todo terreno más famoso: el Wrangler. El flamante heredero del legendario Willys se llama Wrangler JL y llegó a la Argentina en tres versiones: Sahara Unlimited, Rubicon Unlimited y Rubicon 3 Puertas (ver equipamiento y precios).

En Autoblog ya manejamos las dos variantes del Rubicon durante su presentación internacional en Estados Unidos: en el desierto de Arizona (leer nota) y en el Rubicon Trail de California (leer nota).

Ahora llegó el momento de manejarlo por fin en la Argentina. Y la oportunidad llegó de la mano de esta versión Sahara Unlimited. El nombre “Sahara” corresponde al nivel de equipamiento más lujoso, con detalles de terminaciones “Overland” (otro nombre que en Jeep es sinónimo de propuesta "premium").

Entre otras cosas, esto significa que viene de serie con llantas de aleación de 18 pulgadas (en lugar de las 17” de los Rubicon), terminaciones en color carrocería (techo, guardabarros y paragolpes) y estribos laterales, entre otros detalles. Su precio, afectado por los nuevos impuestos internos, es de 107.100 dólares.

La crítica completa se publicará la semana que viene, pero antes: una introducción extra. El responsable de probar el nuevo Wrangler será Orly Cristófalo, colaborador de Autoblog y ex propietario de un Willys original. Su texto se puede leer acá abajo y su crítica completa se publicará la semana que viene.

C.C.
Aclaración: Esta prueba de manejo fue producida antes del período de distanciamiento social y cuarentena decretado por el Gobierno argentino.

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En el garage de Autoblog: Jeep Wrangler JL Sahara
El Jeep Wrangler JL Sahara cuesta 107 mil dólares, pero hay versiones desde 101 mil dólares (ver equipamiento y precios).

En el garage de Autoblog: Jeep Wrangler JL Sahara
La crítica completa de Orly Cristófalo se publicará la semana que viene. Pero antes, un bonus track.

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OPINIÓN "Hola, Wrangler: te presento a mi Willys"


En el garage de Autoblog: Jeep Wrangler JL Sahara

Texto de Orly Cristófalo

Si te gustan los autos, siempre tenés un favorito. Generalmente, no tiene que ver con precios, modas o marcas. Es tu favorito porque te marcó hondo en algún momento de tu vida. Si no te apasionan los autos, dejá: no sigas leyendo. No es de mala onda, pero no entenderías.

Corría el año 1992 y trabajaba en un taller mecánico de un equipo de TC2000. No es un error de redacción: no eran los super equipos que son ahora. No había esa sensación de entrar a un quirófano. Entrabas a un taller. Quizás más limpio, quizás más ordenado, pero era un taller donde se hacían autos de carrera.

Yo tenía mis primeros mangos y tenía ganas de tener mi propio auto. El Fiat Spazio de mamá Martha, ya había sufrido demasiado en mis manos y en las de C.C. Además, ella ahora tenía un Duna SC nuevito y no daba usarlo para las salidas de los finde.

Empecé a buscar, pero con un claro objetivo: quería gastar poco de lo que tenía ahorrado, ya que además, planeaba irme de vacaciones. Empecé a eliminar alternativas y quedé entre una C10 Apache de caja angosta de mediados de los '60 y un Jeep Willys. La Apache sólo necesitaba un poco de cariño. El Willys tenía varias "ñañas" y algunos datos de color hermosos. Uno de ellos era que la cédula verde decía que era modelo 1937, cuando en todos lados figura que las primeras unidades que se entregaron al ejército de los Estados Unidos eran modelo 1941.

Obviamente, me terminé comprando el Willys, con el visto bueno de uno de los mecánicos del equipo de TC2000, que me advirtió: "Golpea un poquito, pero nada grave". Por ese entonces era soltero y no había mejor plan que tener mi Willys con capota "Made in Brasil" como vehículo propio. ¿La dirección? Tenía un poco de juego y era recomendable empezar a girar el volante unos metros antes de llegar a la esquina, si querías doblar. ¿Frenos? Como yo decía, tenía ABS: "ABS frena y a vece'no frena". Nah, era un chiste, con una patada de precarga, frenaba bien. Derecho, no: dije "bien".

Lo primero que le hice fue el cambio de las cuatro bujías, del filtro de nafta (que le habían agregado artesanalmente, en la manguera que iba del tanque de nafta ubicado debajo del asiento al carburador), y adaptarle un estéreo AM/FM Pasacassette desmontable, debajo del asiento del acompañante. También mandé a retapizar los asientos con cuerina nueva y le di una gran lavada de cara. O sea: lo lavé por dentro y por fuera e invertí toneladas de revividor en la lona.

El Willys era la sensación entre mis amigos y yo era uno de los pocos con "auto propio", con lo que se convirtió pronto en el Auto del Pueblo. En invierno el calor del vano motor inundaba el habitáculo, contrarrestando lo que el no-hermetismo de las puertas de lona dejaba entrar de frío. Los días de lluvia tenías que ser todo un malabarista, para sostener la parte superior de la puerta, para que no se metiera el agua. Ni hablar de lo que acumulaba el techo de lona, aglobándose y convirtiéndose en una catarata cuando empujabas desde adentro.

Un sábado a la tarde-noche, con los cinco integrantes del equipo de fútbol a bordo y a sólo 150 metros de la cancha, sentimos un "¡pam!" Y el Willys empezó a fallar. Lo paré enseguida, abrí el capot y ahí noté que una bujía había decidido emprender su propio camino. No estaba más: la rosca se había zafado y sólo se veía el agujero en la parte superior de la tapa de cilindros. Viendo que no era grave, cerré capot, fuimos a jugar. Volvimos con tres cilindros y una victoria.

Ahí empecé la etapa más linda de todas. Un primo de mi madre tenía una rectificadora en la República de Beccar, a tres cuadras de casa. Fui a averiguar si me hacía precio por la rectificación del block, bielas, cigüeñal y tapa de cilindros, más el inserto de la rosca. Me dijo que sí, que éramos "familia", pero que ellos no armaban ni desarmaban nada. Volví unos días después a pedirles prestada la pluma con ruedas, para entregarles el block.

Crucé la Avenida Centenario al 1600 con la pluma vacía, las vías del Mitre y llegué a casa. Saqué el block, agarré una caja con todos los demás elementos del desarme y volví por la calle, con la pluma, el block y todo eso. La gente me miraba raro. No sé por qué. Quizás porque tenía las manos un poco sucias.

Una vez rectificado, volví a hacer el mismo recorrido plumífero y armé yo todo el motor. Aprendí a apretar tornillos con torquímetro, a medir la luz de válvulas y de metales. Y así. Un día, el Willys volvió a arrancar. Ya no golpeaba. Y yo lo conocía mejor que nadie: hasta en sus entrañas.

En él tuve mi primera cita con la que hoy es mi mujer y aún hoy se acuerda el susto que se pegó cuando, subiendo la barranca de Roque Sáenz Peña, en San Isidro, pasé de segunda a primera para ganar empuje y terminar de subir. También se acuerda de cuando perdimos una rueda, pero esa es otra anécdota.

Mis amigos siempre estuvieron presentes con mi Willys y en uno de mis cumpleaños me regalaron dos gomas nuevas, para que terminara de cambiarlas. Eran unas Fate Super Agarre (así se llaman hoy, no recuerdo el nombre en esos años), con un dibujo barrero, las cuales fueron puestas después de haber hecho arenar y pintar a fuego las llantas. Sólo con ese cambio, mi Willys era el mejor de los Willys. Al menos para mí.

Lo metí en el barro, en calles inundadas "mal", lo usé con capota en verano y sin capota en invierno. Me mojé, me divertí. Hasta que un día llegó el momento de decirle "adiós". Me había casado, teníamos planes de buscar al primogénito y el Willys no era lo más cómodo del mundo, pensando en lo que se venía. Lo vendí sólo porque esa plata era la base para mi siguiente auto. Si no, hoy todavía estaría estacionado en la puerta de casa.

Ese Jeep Willys me demostró cómo una mecánica simple y ruda a la vez, era capaz de hacerme feliz y llevarme a todos lados contra viento y marea.

Ahora C.C. me dio el privilegio de manejar la nueva generación del Wrangler. Sí, uno que también dice "Jeep", que también tiene sus siete barras en la trompa y que está hecho para llevarte a cualquier lado. No es tan rústico como mi viejo y querido Willys, pero al subirme por primera vez juro que sentí que volvía a ver a un viejo amigo.

Con un par de liftings encima, pero con el mismo espíritu de mi primer auto.

Nos leemos en una semana, cuando el Wrangler JL Sahara me haya demostrado cuánto de mi Willys lleva adentro.

O.C.

 

En el garage de Autoblog: Jeep Wrangler JL Sahara
"Mi Jeep Willys, a punto de recibir su motor rectificado".

En el garage de Autoblog: Jeep Wrangler JL Sahara
Tormenta de facha: con las llantas arenadas (pintadas "a fuego") y las gomas nuevas. ¿El resto? Los viejitos piolas no usan botox.

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