Texto de Vicky Guazzone di Passalacqua y Matías Albín

Los acontecimientos importantes de nuestras vidas, la de muchos de los que conformamos la comunidad de Autoblog de ambos lados del mostrador, seguramente puedan relacionarse con algún auto en particular o -por qué no- con alguna marca. Habrán escuchado -o leído- la historia de C.C. sobre su relación con el Peugeot 205 CTi (ver). Después de 20 años, él sigue convencido de que ese auto cumplió un gran papel a la hora de conquistar a la mujer de su vida.

Creo en algún momento haberles contado yo que al volante de un Volkwagen Golf (ver) que fuera mi primer auto, gracias a lo superpoblada que está la ciudad de Buenos Aires, me metí en un garage, un día cualquiera, sin saber que minutos más tarde iba a conocer a mi compañera de la vida, la misma que hace unos días escribió su primera crítica en Autoblog, sobre el nuevo Honda Fit (ver). Lo que nunca conté es que el golfito y su piloto solo hicieron una parte del trabajo, porque la otra parte estuvo a cargo de una mujer tras el volante de un Volvo.

A continuación, los autos y el destino.

La versión de él.

Lunes 12 de noviembre de 2007. Eran los últimos días de cursada de la facultad y al mismo tiempo estaba promediando la puesta en marcha de un emprendimiento que estaba armando con un socio extranjero y que me tenía aterrado: una empresa de transporte. Esa tarde tenía que pasar a buscar toda la documentación de los camiones y semirremolques para hacer el patentamiento. No había presupuesto para gestores. Ya estaba endeudado hasta las muelas.

Antes de eso iba a almorzar con mi madre y una amiga de ella, no muy lejos de casa, pero como luego tenía que ir hasta el concesionario en Barracas, decidí salir en auto. Después de un par de vueltas buscando dónde estacionar en la calle, me di por vencido y decidí meterme en un garage a la vuelta del restaurante, casi en la esquina de Arcos y Sucre, en Belgrano.

Mientras me dirigía al espacio donde iba a dejar mi auto, de reojo me llamó la atención una situación un tanto extraña. Como buen petrolhead, lo primero que me atrajo fue un Volvo S80 T6 del 2003, pero luego noté que al volante del mismo no estaba la clase de conductor que esperaba, sino una mucho más interesante. El problema era que el encargado del garage quería hacer estacionar a esta señorita de culata en un lugar bastante apretado, y, a pesar del pedido de ella, no quería estacionárselo porque alegaba que el seguro no se lo permitía.

Estacioné mi auto, mucho más modesto en dimensiones, con facilidad. Y, con la solidaridad que me caracteriza al ver a alguien al volante en problemas, me acerqué para ofrecer mi ayuda: "¿Querés que te lo estacione?", fueron mis palabras. Ella accedió. Yo abrí la puerta del conductor, esperando que se baje. Ella se corrió al asiento del acompañante. "Es el auto de mi mamá", aclaró. Corrí el asiento para estar cómodo y segundos después el auto estaba estacionado, por lo menos, decentemente.

Ella me gustó. Mucho. Pero me pareció un poco demasiado ofrecerle los servicios de estacionamiento y pedirle el número de teléfono. Le entregué las llaves y ambos salimos por puertas distintas del estacionamiento. Llegué al almuerzo. Mi madre me tildó primero de vago y malcriado por no haber ido caminando, y luego, cuando le conté el motivo de la demora, comenzó a hacerse la película y tirar frases como "mirá cuando le cuentes a tus hijos cómo conociste a tu mujer". No había chances de que eso sucediera: "No se si me la voy a volver a cruzar, mamá".

Mi madre, su amiga y yo volvimos al garage caminando porque vago y malcriado pero "ya que estás, ¿no me llevarías a la casa de iluminación?". Cuando llegamos a la salida no podía sacar mi billetera del pantalón para pagar, así que me bajé del auto para pararme. Recién ahí vi que bajo las escobillas del limpiaparabrisas había una nota y un chocolate. "Gracias por el lindo gesto", decía. "Y si te divierte, vale por un café", seguido de un número de teléfono. Al final, lo de mi madre no era tan delirante.

Mientras esperaba estacionado afuera de la casa de iluminación, aproveché para llamarla. "Llamo para cobrar mi café", dije de la manera menos elocuente y carismática de la que tenga registro. "Qué salame", pensé. Y ella no creo que haya pensado muy distinto, pero de alguna manera u otra coordinamos para vernos ese jueves. Yo propuse salir a comer, ella me frenó con ir a tomar unos tragos. "Mirá si me lo tengo que fumar toda una comida", habrá pensado.

Salimos ese jueves.

La versión de ella

Lunes 12 de noviembre de 2007. Llevaba apenas algunos meses mudada a Recoleta, después de toda una vida en Belgrano, lo cual implicaba que muchas de mis actividades semanales todavía sucedían en ese barrio. Mis clases de piano era una de esas. En un acto de ilusa confianza, había decidido ir en auto, pensando que 15 minutos extra me alcanzarían para encontrar lugar para estacionar. Pero ni 25 lo hicieron, así que terminé acercándome al garage de Arcos y Sucre, en lo que se conoce como el Paseo del Ángel.

Nada más entrar, me recibió un señor que me dio mi ticket y me indicó “en cualquiera, pero de culata”. Aunque tenía el aire prendido, empecé a transpirar. Si algo no me sentía capaz de hacer con ese Volvo S80 que me había prestado mamá y había manejado pocas veces antes, era estacionarlo de culata. Así que, ya atrasada para mi clase (y a 6 cuadras de distancia aún por caminar), decidí no hacer caso e intentar ponerlo de trompa. No hubo forma. Lo intenté una, dos, tres veces. Juré que estaba haciendo la apertura suficiente para luego poder enderezarlo y que entrara, pero no, siempre quedaba a escasos milímetros de la columna y con media cola afuera. Incluso se me acercó el señor del estacionamiento a ver qué pasaba, pero ante mi pedido de auxilio decretó que no podía tocar mi auto, “cosas del seguro”.

Al último intento frené, bajé la ventana y estuve a punto de largarme a llorar de frustración. Hasta que llegó un Volkswagen Golf gris, que fue a ponerse justo al lado de donde yo estaba haciendo mis penosas maniobras. Cartón lleno”, pensé, “ahora se baja un nabo a mirar y hacerme pasar más vergüenza”. Pero el que se bajó fue un chico bastante educado, que se acercó con una sonrisa mucho más simpática que burlona, y se ofreció a estacionarlo. Me alcanzó mirarlo para bajar la guardia. Aunque cuando me abrió la puerta para que me bajara, elegí moverme de un salto al lado del conductor. Era lindo, pero seguía siendo un desconocido, y ese era el auto de mi mamá.

SIete segundos más tarde, estábamos estacionados. Sí, hizo una maniobra ágil y hasta un poco demasiado rápida. “Conozco el auto”, se excusó. Yo, sabiéndome colorada de pies a cabeza, agradecí casi sin mirarlo a los ojos, mezcla de vergüenza y nervios. Agarré las llaves, di media vuelta y me fui. Contaba con que él me seguiría, y entonces quizás intercambiaríamos algunas palabras más, pero no me acordé de que este estacionamiento tiene doble salida, y mientras una da sobre Arcos, otra escalera te deja directamente en el paseo de compras, sobre Sucre.

Llegué a mi clase de piano 20 minutos más tarde de lo debido. Y, para colmo, no podía dejar de pensar en ese encuentro fortuito, concentrándome en todo menos en la música y mis dedos. El profesor me frenó: “¿Qué te tiene tan perdida?”. Y le conté de los hechos, y también de las sensaciones. De cómo algo de ese chico alto con el que apenas había cruzado 10 palabras se había quedado conmigo. Su veredicto fue inmediato: “Volvé y dejale un papel”. Abrí los ojos como platos: “¡Yo no hago esas cosas!”. Su respuesta fue elocuente: “Podés hacerlo una única vez y que te salga bien”.

Salí de la clase y caminé las cuadras hasta el estacionamiento con la cabeza a mil. Paré en un kiosco unos metros antes y compré un chocolate chiquito. Y me dije, casi como desligándome de la responsabilidad y jugando a que la magia siguiera fluyendo sola, que si el auto todavía estaba ahí, quería decir que debía dejarle una nota.

Estaba, sí. Así que arranqué un pedazo de partitura y escribí “En agradecimiento por un lindo gesto. Y si te divierte, vale por un café”. Después no me daban las piernas para subirme al auto lo suficientemente rápido y huir.

Me llamó a la hora y media, con el tono más seco que haya oído en mi vida. “Llamo para cobrar mi café”, me dijo. Que después de la charla (y de varios mensajes de texto esa noche), mutó en unos tragos.

Salimos ese jueves. Nunca más nos separamos.

***

Viernes 1 de febrero de 2019. Más de 11 años después, estamos saliendo del mismo estacionamiento -no del mismo espacio, estaba ocupado- arriba de una Volvo XC40 T5 Momentum, de paseo por el fin de semana. Adelante vamos nosotros dos. En las plazas traseras van Brownie, nuestra hija canina, Isabel, nuestra hija humana, y Ana, la propietaria de aquel Volvo S80 que Vicky manejaba cuando nos conocimos. Vicky también manejaba un Volvo que había heredado cuando la conocí. Un 850 T5 R del 94 que, solo para ilustrar el nivel de equipamiento, ya tenía climatizador automático bi-zona. Una locura para ese entonces.

Lo curioso es que el nuevo T5 tiene sólo 4 cilindros y, a pesar de haber reducido la cilindrada y tener un cilindro menos, las cifras de potencia y torque contra el viejo 850 se mantienen parecidas. Seguramente la sed de las dos versiones sea muy diferente. Lo que también cambió es la tecnología. Esta Volvo XC40 está llena de sensores. Adelante, atrás y en los laterales, de mantenimiento de carril, de fatiga. A diferencia de aquel S80 de la maniobra complicada, este SUV se puede estacionar con los ojos cerrados. Nunca nos hubiésemos conocido.

La crítica completa se publicará la semana que viene.

V.G.P. / M.A.

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En el garage de Autoblog: Volvo XC40
La Volvo XC40, en el estacionamiento subterráneo más romántico de la Argentina.

En el garage de Autoblog: Volvo XC40
La XC40 T5 Momentum cuesta 76 mil dólares, pero hay versiones entre 67.900 y 84.900 dólares (ver equipamiento y ficha técnica).

En el garage de Autoblog: Volvo XC40
Autoblog Rebelde, estaciona de trompa. La crítica completa se publicará la semana que viene.