Texto de Jacinto Campos
Desde la Cuenca del Salado

Gracias a Mitsubishi y Autoblog, pude probar la nueva L200 2017. Qué bueno que no le cambiaron el nombre.

La verdá: ¡una máquina! Me encantó. Cuando la ves, se nota cómo mejoró la apariencia. Si bien parece que no hay cambios sustanciales en el diseño, cuando la mirás detenidamente le notás algunos cambios con respecto a las anteriores L200. Realmente me gusta.

Incluso parece que es un poco más chica que sus congéneres de otras marcas, lo que a mí personalmente me agrada mucho. Eso de sentirte que estás en el sofá enorme del living es un poco mucho para quienes laburamos haciendo la recorrida del campo. Además, si la patrona te ceba un mate, en la L200 no necesita un brazo extensible para alcanzártelo.

Lo cambios en la carrocería se notan, especialmente la nueva parrilla y la ubicación de los faros delanteros, lo que no sólo mejora el conjunto, sino que te da mayor radio y profundidad de iluminación. En los caminos no señalizados no es cuestión menor –cuando antes veas la curva a 90 grados, menos te atragantás- .

También se nota el cambio en la unión de la carrocería con la caja de carga, que en los modelos anteriores parecía un “güevo”. Ahora la curva se ve más suave y armoniosa.

Una vez adentro, se nota que es una chata sobria: medio pijotera en el instrumental, pero con buen climatizador bizona, lo que evita que la consorte esté todo el tiempo “viejo, hace mucho frío…” y vos que estuviste caminando la soja al rayo del sol (para a ver si hay mancha marrón u orugas) lo único que querés es meterte entero, con sombrero y alpargatas, en el freezer.

Los asientos son muy cómodos, con regulación eléctrica en distancia y altura para el conductor. Sólo le falta la “memoria”, para que cuando anda más de uno, te recuerde la posición.

A mí, por ejemplo, me embola que me corran el asiento y lo que más me revienta es que me cambien la radio. Qué se va a hacer, cosa de paisano bruto nomás, ya que en el zaino no tengo nada de eso y no me quejo. Pero somos así, “la chata es la chata”, qué joder. ¿Por qué diablos no traen todas las butacas eléctricas esas memorias? ¿Es tan caro ese chiche?

Pero bueno, estos asientos, en la versión que probamos de la L200 tienen buen “calce”. Te contienen para que no te vayas para uno y otro lado –hay que acordarse cómo “navegábamos” en las F100 o las Apache, verdaderos botes de la Pampa, había que agarrarse al volante como un ancla-.

Ahora que la palabra está de moda, se me ocurre decir que los asientos te “contienen”, algo así como te receta el psicólogo cuando te da la chiripiorca, se te cae la autoestima o te sentís con manía persecutoria de la Afip o Arba, ¿viste?

La cuestión es que vas cómodo y con buena visión. Atrás no me subí. Por ahora no me llevan a pasear los nietos, así que siempre adelante y manejando, pero los de atrás no se quejaron, y eso que C.C. no es un “midget”.

La pantalla –ojo sé que le dicen de otra forma, pero yo no me acuerdo y todos me entienden- es muy buena y la manejás apretando con el dedo –así queda de grasa, cuando estuviste calibrando la sembradora-, o si tenés un dedito no despreciable, apretás varios al mismo tiempo …pero bueno, así es por acá.

El GPS Garmin debe ser bueno, pero el bar de la Olga no figura entre los “servicios”, ni lo de Bruno en “almacén de ramos generales”. Menos los campos, andá a buscar “El Lucero” a ver si aparece. Sin las coordenadas, por acá sos hombre muerto. Y que no te den las coordenadas de la casa, porque los caminos dentro del campo no están marcados, así que siempre pedí las de la “entrada”, sobre el Camino Real o el vecinal. No creas que te va a salvar el celu, más vale traete dos latas de Puloil (¿quien caracho se acuerda de eso?).

Y si te encontrás con un paisano, preparate para hacer un esfuerzo sobrehumano de traducción simultánea, porque lo primero que te van a decir es: “…es ahí nomas …” (de 10 o 15 kilómetros), “pasando lo de Rubén” (que obviamente no sabés quién es), "ahí dobla para el lado de Espora" (¿de qué diantres se trata?), "de allí, después del monte de ucalitos" (y hay como mil), "agarra pal poniente" (vos no sabes si dice el Oeste o Japón) "y pasando lo de Jacinto, ya está ahí nomás …” Siempre llevate agua –o algo más- y algún sánguche. Pero lo bueno es que siempre se llega.

Una vez adentro (ojo, que sé que se dice “habitáculo”, pero uno es educado y por acá que somos medios cortos, a ver si te entienden mal y te mandan una carajeada) el volante, aunque no lo quieran creer, tiene… ¡orejas! ¡Sí, como el Petiso Orejudo! Me hizo acordar al Forcito del Abuelo, el de los bigotes. Ahora les dicen “levas”. Antes las levas venían en un árbol del motor, pero son cosas de la modernidad.

Beto, mi acompañante -con años de tierra y barro-, se reía y me decía: “Che, Jacinto, qué buenas esas orejas del volante. Me voy a copiar y le voy a poner alerones al Sulky”.

La cuestión es que por suerte, y gracias a las tormentas de verano, veníamos embalados en el camino de tierra, y de pronto nos encontramos con una barrial de la San Re… Pusimos la doble y empezamos a barrear en ese primer barrito después de la lluvia, que es como chocolate, cuando el camino aún no se ablandó. Parece una pista de patinaje. Ni qué hablar: movés el volante de uno a otro lado. ¡Como para acordarte de esas levas, estás! Y si quisieras usarlas, tendrías que tener más brazos que un pulpo.

El comportamiento en el barro debe ser bueno. Uso el condicional, porque con las cubiertas anchas y sin dibujo ni taco, no es muy placentero que digamos. Yo les recomiendo a todos que andan en el campo que cambien las cubiertas apenas sacan la chata del concesionario. No hay ni una sola marca que ofrezca buenas cubiertas para barro desde fábrica.

Pero la Mitsubishi se la bancó. No nos caímos a la zanja ni nos quedamos encajados. En una de esas, la huellita marcada por la que íbamos como bailarina del Bolshoi, se había ido al campo. Y allí frenamos –¡gracias, ABS!- respirándole en la nuca a la zanja (dos metros de ancho y 1.50 de profundidad, aún estaríamos allí).

De curiosos, nos bajamos por si no reculaba. Obviamente, había llevado una cadena, porque Jacinto no es de los que dicen que nunca se encajan: no, los únicos que no se encajan son los que no salen al barro más que para dar una vueltita (ojo, las lingas comunes lucen fenómenas en colores, pero se cortan si tenés que hacer fuerza, esas son para la City o el Suburbanite).

Y acá, mis queridos amigos, la sorpresa: los que me han leído estarán cansados de oírme decir que es una barbaridad que se vendan chatas sin tren de remolque. Bueno, esta L200 no sólo no lo tiene, sino que tampoco tiene el gancho en "U" reforzado para rescate, como los que traen de adelante: obvio, nuevamente lo urbano.

Pero nosotros, que quedamos con los bigotes tocando la zanja y de punta, si no hubiéramos salido solos, no hubiéramos tenido de dónde tirarla para atrás. Salvo del semieje o la terminal del elástico, pero como están altos, olvidate: arrancás el paragolpes trasero, que encima es de plástico.

Bueno, en resumen, anduvimos bien. Y con unas buenas cubiertas me tengo fe.

El motor tiene una salida de abajo espectacular: poco visto en chatas de las que conocemos acá. Me animo a decir que les corro una cuadrera (400 metros) a cualquiera y “doy fila” (en términos de carreras cuadreras, es dejar salir primero al otro).

Tiene una buena relación de caja, tanto en automática como en la secuencial. Quizás le falta una sobremarcha, porque sólo tiene quinta. En la secuencial rebaja bien de quinta a cuarta y de cuarta a tercera, pero de tercera a segunda solo lo hace a las 2.000 rpm, cuando a mi criterio –de gaucho bruto- quizás debería entrar a las tres mil o tres mil quinientas.

No hay que olvidarse que en los caminos rurales, a veces las curvas se te aparecen de golpe, no está marcadas y vos no sabés -cuando entrás- cómo diablos vas a salir, ya que a veces entra “abierta” y en los últimos 50 metros se te cierra y a vos se te acaba el mundo. Si no frenás, a la zanja. Y si frenás, derrapás y te compras un buen sombrero de metal y vidrio.

Ojo que nosotros no vamos en circuito, ni tenemos vuelta previa, ni navegador (humano o el de la gallega). A veces es “bancate lo que venga” y ahí esa segunda más larga te ayuda al rebaje y permite acomodar la chata, para subirle el cambio cuando está al límite de la torsión.

Bueno, amigos, para terminar: la L200 2017 pasó la prueba. En mi opinión, ganan “los más” por sobre “los menos”. Pero como viejo hincha, insisto (dijo Godino): ofrezcan al comprador cubiertas para el uso que le va a dar el comprador. Y una más: pongan enganches de rescate atrás.

Hasta la próxima y saludos a todos.

J.C.

PD: Si saben dónde comprar alerones para el Sulky del Beto, me avisan.

***

Jacinto Campos y la Mitsubishi L200:
Jacinto Campos aprobó el motor 2.4. No le gustó el paragolpes trasero de plástico ni la ausencia del gancho de rescate trasero.

Jacinto Campos y la Mitsubishi L200:
Como toda pick-up, si la vas a usar en el barro, J.C. recomienda cambiar los neumáticos de fábrica por algunos con un poco más de taco.

Jacinto Campos y la Mitsubishi L200:
De costado, en el barro chocolate después de la lluvia.

Jacinto Campos y la Mitsubishi L200:
Agradecimiento especial para: los corderos de Don Jacinto.

Jacinto Campos y la Mitsubishi L200:
Y Trotsky, el perro (no el León).

Enviá tu noticia a novedades@motor1.com