El Fiat 500 mexicano fue uno de los lanzamientos más esperados y comentados de esta última parte del 2011 (ver precios y versiones).

El Cinquecento del nuevo siglo ya se vendía en la Argentina desde el 2008, proveniente de Polonia, pero con el cambio de origen también llegaron nuevas versiones, más motorizaciones y una sensible reducción en el precio.

El 500 1.4 8v Cult que está en este momento en el garage de Autoblog cuesta 79.900 pesos y es la versión más accesible de la gama.

Las comparaciones son odiosas, pero vale casi apenas la mitad de lo que costaba la edición limitada de 90 unidades que se lanzó a la venta hace tres años, por 30.500 dólares.

Hoy podríamos decir muchas cosas sobre el nuevo Cinquecento, pero se acerca un feriado muy largo por Navidad y en Autoblog ya venimos un poco escorados con tanto brindis de fin de año.

Por eso, esta nota queda en manos de los lectores y sus anécdotas con el clásico Fitito.

C.C.

En el garage de Autoblog: Fiat 500 1.4 8v Cult
En el garage de Autoblog: Fiat 500 1.4 8v Cult
En el garage de Autoblog: Fiat 500 1.4 8v Cult

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Tus mejores anécdotas con un Fitito Nota publicada originalmente en diciembre 2008

A fines del 2008, Autoblog invitó a los lectores a escribir sus mejores recuerdos con el Fiat 600 original –porque el 500 nunca se vendió oficialmente en la Argentina, aunque el espíritu de la Bolita era el mismo-.

Las mejores historias se reproducen a continuación. Y el público está invitado a añadir, en los comentarios de abajo, nuevas anécdotas con el Fitito.

  • “Casi no existen familias en las cuales no hubo un 600. En casa la cosa fue así: hace más de 20 años mi viejo tenía un Chevrolet 400 que estaba listo para irse (carrocería y motor no daban para mucho más) y encontró a alguien que se lo cambió por un 600 y una moto DKW de los años 60. Mi viejo estaba fascinado más por la moto que por el auto, pero a la larga empezó a usar el 600, que estaba un poco mentiroso de chapa y calentaba. El Viejo decía que tenía aire acondicionado, pero que estaba afuera del auto: ‘Cuando bajo puedo respirar’. (Gonzalo)

  • “Mi padre tenía un 600 de 1970 y con él viajábamos a Bahía Blanca a visitar a mis abuelos. Salíamos muy tempranito para evitar el sol de la ruta y era muy emocionante viajar atrás de los camiones, que por la ruta andaban más fuerte. El único momento para pasarlos era una curva bien amplia hacia la izquierda donde que se veía bien lejos el camino y a rezar para que soplara un poco de viento de cola. Venía con sauna incorporado porque atrás el motorcito de tejer calentaba que daba calambre, aunque con la tapa del motor levantada y sostenida por una maderita quedaba muy cool, como un alerón trasero” (Horatius)

  • “Dos anécdotas. En la primera, mamá entraba con el Fitito a la casa de mi abuela donde mi tío médico psiquiatra tenía su consultorio. Se encontró en la puerta con un montículo de arena y mi vieja se subió de forma tal que el auto quedó colgado. Los pacientes psiquiátricos salieron a ver y decían: ‘¡Qué loca!’ La otra historia fue un día lluvioso de verano en un camino de tierra en Villa Gessel. Había un enorme charco y los autos que no se animaban a pasar. Papá puso el Fitito de cola, le bajó la presión de las gomas y cruzó marcha atrás. Los dueños de Torino, Chevrolet y Falcon aplaudieron con una ovación” (Fer Castellanos)

  • “Yo tenía ocho años y mi tío Flaco tenía un 600 blanquito, que usábamos para ir a unas termas en San Juan. Salimos una mañana con mi tío y dos primos, y en mitad del camino se paró el motor. Como una mula empacada, no quiso arrancar más. Con el pasar de las horas, nos empezó a picar la panza y, como habíamos llevado comida, mi tío improvisó un picnic. Comimos a la sombra de una roca enorme (o por lo menos es lo que me pareció cuando era un peque) y jugamos durante horas en unos cerros lindantes persiguiendo cualquier clase de bicho que se moviera, mientras esperábamos que pasara alguien y nos diera una mano. Así pasaron como 10 horas hasta que llegó un camión cargado con chivos y nos llevó a la rastra hasta la ciudad. Nos perdimos las termas e hicimos el camino de regreso con el agradable olor de los chivos”. (Cad)

  • “A fines de los ´70, mi tía Chiche compró un Fiat 600 rojo modelo 77, impecable. Yo tenía 9 años y recuerdo haber jugado durante horas sentado frente al volante. Mi prima Carla era, casi siempre, mi compañera de aventuras. Con nuestra imaginación recorrimos miles de kilómetros, seguramente muchos más de los que le hizo mi tía, que luego de unos meses, decidió venderlo. Al parecer, manejar no era lo suyo. Al auto lo lavé varias veces, conocí cada uno de sus detalles y hasta lo puse en marcha más de una vez. Por mi edad, nunca pude manejarlo de verdad. ¿Será por eso que hoy quisiera tener uno? (Lucho GT)

  • “Yo no llegué a manejar el 600 que tuvo mi papá, pero seguro no me voy a olvidar de su espantoso color café con leche, que hacía juego con el Fiat 128 café con leche que también teníamos. ¡Qué espanto!” (Morgan)

  • “Allá por mediados de los ‘80, teniendo unos seis años, mi Vieja y mi tía tenían sendos Fiat 600. El de mi Vieja era gris y el de mi tía, blanco. En los veranos partíamos todos los días a la pileta del club: un día en el Fitito de cada una. Viajábamos: ellas dos, más mis tres primos, mis dos hermanas y yo. En total: ocho en la Bola. Siempre nos preguntamos cómo hacíamos para entrar los seis primos en el asiento de atrás. También llevábamos toallas, adminículos para la pileta y dos bidones Termolar de esos que cargan como cinco litros de jugo” (Keep Driving)

  • “Año 1992. Tercer grado de la primaria. El encargado del comedor del colegio tenía su Fiat 600 celeste siempre estacionado en el patio. Un día, en pleno recreo, se nos dio por subirnos y otros por empujar. Terminamos dando vueltas en el patio del colegio arriba del 600. Aparte de la emoción vivida, el resultado fue un lindo reto de la directora y una reunión de padres” (Nico Cba)

  • “Cuando era chico vivía enfrente del colegio. Cuando llovía, se inundaba todo y por el cordón de la calle pasaba un gran caudal de agua. Entonces mi mamá estacionaba el Fitito, abría las dos puertas, levantaba los dos asientos, y usábamos el auto de puente. Todo el colegio pasaba por adentro el auto para cruzar de vereda a vereda” (Luciano)

  • “12 de diciembre de 1985. Cumplía 17 años. Me despierta mi viejo sacudiendo unas llaves cerca de mis oídos: dos segundos después estaba en la calle con la mirada clavada en un 600 blanco, modelo ’80. Creo que nunca se lo agradecí lo suficiente. Hoy, desde el otro lado del mostrador valga la oportunidad para el recuerdo, del Fito-Jumbo -como lo bautizamos- y de mi viejo al cual cada día extraño más” (Correcaminos)

  • “En los ’70 y ’80, mi abuelo era representante de folcloristas medianamente famosos. Durante su periplo como representante de Argentino Luna, recorrió en pleno invierno toda el Sur argentino. Pasó por caminos de nieve, barro y ripio. Tengo una foto en la que está cruzando un barrial donde hay un tractor enterrado. El que lo acompañaba está parado en el paragolpes trasero para ganar tracción” (JayCee)

  • “En la escuela primaria le pusimos dos tacos atrás al Fiat 600 de la maestra. La mina aceleraba a fondo y no se movía. Nos pidió que la empujáramos y cuando bajó de los tacos casi se estrola en la esquina con un colectivo. Salimos todos corriendo. Un fin de semana me fui a Chascomús en carpa con el 600 de mi hermano. Llovieron los tres días. Cuando se acabaron las provisiones decidimos irnos. Pero había nueve kilómetros de barro hasta la Ruta 2. Los coches se encajaban todos. Le desinflé las cubiertas a 10 libras y despacito -en tercera y patinando de lado a lado- llegué transpirando a la ruta. El de la estación de servicio me preguntó si venía de alguna guerra. La Bolita era todo barro. ¡Qué épocas! Pensar que ahora sin ABS y EBD no quiero salir a la ruta” (Daniel G.)

  • “Mi cuñado tenía un Fito que recalentaba como el mismo infierno y con él hacía reparto de pan. Un buen día la Bolita dijo basta y le pidió a un amigo que le prestara su auto. Ese día todas las panaderías le tiraron la bronca porque no les había entregado el pan calentito, como todos los días” (Core 2 Duo 0)

  • “En el ‘82 mi viejo compró un 600 modelo ‘75. Teníamos una vecina que era del interior y hacía poco vivía en Buenos Aires. Una noche, llegó a casa a punto de dar a luz. Como no quería dejar a su otro hijo en la casa, mi viejo lo cargó en el asiento trasero del 600 y partieron al hospital. Durante el raudo trayecto, la vecina -preocupada por la seguridad del pequeño en el asiento trasero- le rogaba a mi viejo: ‘¡Jorge, vaya despacio! ¡No sea cosa que se abra la puerta y se me caiga el nene!’ Por suerte llegaron a tiempo al hospital y las ‘puertas traseras’ del Fito nunca se abrieron” (Matías Ariel)

  • “El abuelo le regaló a mi vieja un 600 de 1970 cero kilómetro cuando cumplió 15 años. Cuando yo cumplí 15, ella lo mandó a restaurar y me lo dio como nuevo con todos los cromados en su lugar. Hoy tengo 27 y recuerdo mil anécdotas con ese auto: mi vieja torturándonos a mí y a mis hermanos escuchando en el pasacassette las canciones del Puma Rodríguez; en el medio de una inundación atravesando un arroyo de agua imposible… entró un chorro de agua por el pedal de freno, me mojó todo, pero el auto cruzó. Le cargué ocho personas encima a la vuelta del secundario y un par de novias pasaron también por ahí. Una me rompió la butaca y mi vieja se enojó un montón. Ese 600 ya es uno más de la familia. Está original y no se vende” (Leonardo)

  • “Mi abuela tenía un Fitito celeste del ’78. No lo manejé, porque era chiquito cuando ella lo tenía, pero lo adoraba con toda mi alma. Cuando lo vendieron me acuerdo de haber llorado a mares, y haber preguntado por qué se quedaban con el Falcon de mi abuelo y no con el Fitosio, como solíamos llamarlo. El auto se vendió, después mis abuelos se murieron, y siempre pensé que seguramente debía haber perecido también el Fitosio. Pero resulta que no: hace unos meses llamó una maestra, que lo tiene en su poder, y quiere arreglar unos temas de papeles que nunca se solucionaron desde la venta. Cuando me enteré de que seguía vivito y coleando me llené de alegría, como si el auto fuera una persona, y me hizo sentir muy presente a mi abuela, que todavía la extraño” (Lolo)

  • “Yo aprendí a manejar en un 600 color aguamarina (o algo así, celestón feo). Para prenderlo, mi vieja levantaba el asiento de atrás y metía un destornillador en el motor desde adentro del habitáculo. Después de unas chispas, arrancaba. Mi tio tenía un Fitito rojo y nos llevaba a todos lados con mis primos. En las avenidas con onda verde gritaba: "¡Súper Bolitaaaaa!” y lo pisaba a fondo por San Juan. No sé si era el ruido del motor, o la sensación de velocidad cuando sos chico, pero para mí andaba a 190” (Gastón)

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