“Dios los cría y ellos se juntan”, decía mi abuela (y las de tantos otros), con mucha razón. Este refrán viene como anillo al dedo cuando de amigos y fierros se trata. Siempre hay una buena oportunidad para charlas interminables, mostrar las máquinas y, por qué no, alardear de la última adquisición, haberle quitado una maña o simplemente ese cambio de llantas tan cuestionado en la redes sociales (leer otras notas). Café y amigos, autos y medias lunas bañadas en almíbar, aún tibias y crujientes. ¡Qué más!

Hace unos 10 años me encontraba en la casa de un amigo en Scottdale, Arizona, muy cerca de Phoenix (EEUU). Era un suburbio que, como por designio del destino, se encontraba poblado de autos sorprendentes, talleres y aficionados. Una especie de Warnes suburbano con calles anchas y con cactus enormes. Habíamos conducido durante toda la noche desde Los Ángeles, atravesando el desierto, tal cual una Road Movie (o simplemente una escena de “Cars”).

De madrugada, un calor abrazador dentro y fuera del habitáculo del Porsche 911 930 Targa que nos tocó en suerte para la travesía. Nos obligó a paradas espontaneas y frecuentes en busca de algo refrescante y reparador: un derrotero deliciosamente agotador. Aún así, la llegada a la casa de mi amigo (confortable y de estilo mexicano, aquel oasis tan esperado), fue breve. Por la mañana temprano y luego de un piletazo, nos encontrábamos dispuestos a seguir con aquella agenda de amigos y fierros que habíamos comenzado una semana atrás, en Monterey (California).

Subimos, esta vez en un confortable Volvo, y nos dirigimos hacia un predio de esos típicos donde además de un gran parking se pueden encontrar enormes locales comerciales, como un CVS, un Best Buy, un Red Lobster y un enorme local de McDonald’s.

No sé de donde procedían ni cómo empezó a suceder, pero de a poco comenzó a poblarse de autos de los más diversos estilos, desde una Ferrari Testarossa, un Lamborghini Murciélago y varios muscle-cars hasta algunos rarísimos ejemplares de Hot Rods. Yo no salía de mi asombro, mientras mi amigo sonreía y saludaba a casi todo el mundo, alardeando de su popularidad a la vez que me sondeaba con mirada cómplice. Una fiesta, sí: nada improvisada, una rutina de domingo que presiento de rutina tenía muy poco.

Ingresamos al local y lo copamos por completo. En cada rincón, un grupo pintoresco y variopinto coloreaban el lugar haciendo del Payaso Ronald a la figura más sobria y anodina del lugar, volviéndolo invisible, mimetizado detrás del sujeto de la leñadora y barba roja hasta el ombligo.

De repente, me convertí en el fenómeno a descubrir: un personaje que venía de una tierra lejana y desconocida, el cual buscaba ese lugar de “par”, por momentos de pertenecer. Un “Car Guy” hecho y derecho que hasta se animaba a contar alguna historia sobre Grandes Premios, Fangio y el Torino (leer opinión). Un clima fantástico de camaradería, pasión y locura que nos llevó a un par de horas de frenética conversación.

El café, indigerible. De los wafles y donas chorreando Syrup quedaron sólo migajas cuando llegó la hora del “Parking Tour”. Me subí a varios, así como rechacé -un poco por timidez y otro poco porque ya acariciábamos el mediodía y nos esperaban con un BBQ- la oportunidad de conducir alguno.

Habíamos aceptado la invitación de un señor que nos iba a mostrar los avances sobre un kit de una Ferrari P330, que él mismo estaba armando en el garage de su casa, que tenía pocos metros más de superficie que la del auto. Obviamente no hubiera rechazado la oferta de una vuelta en la Testarossa, pero eso nunca sucedió.

De a poco, una ordenada y secuencial desconcentración y un hasta pronto, hasta el próximo domingo, nos vemos. Eso tampoco sucedió.

De aquella mañana, todavía conservo una remera negra que conmemoraba los 10 años de esos encuentros de “Cars & Coffee” en aquél McDonald’s de manual. Sólo un recuerdo, ya que -aunque agradecí su generosidad y tomé la más chica que encontré- la misma era una XL, cuando una S hubiera sido mi talle. Cómo decir que no. Delirante, por momentos desopilante y en otros de incalculable aprendizaje fue aquella reunión que sin embargo fue una más, una de miles, una de las tantas experiencias que nos permiten vivir esta delirante pasión por los fierros.

Dios nos cría y nosotros nos juntamos. Aquí, allá y en cada continente el amor por los autos convoca, derriba fronteras, acaba con grietas y nos regala un sentido de pertenencia sin igual.

No hay otra afición como esta. No existe un tópico que nos abra tantas puertas, tantos lugares comunes, tantas historias detrás de un universo infinito e insondable que nunca acaba. Autos americanos, italianos, nacionales o importados. Originales, modificados, utilitarios o deportivos extremos. Para todo hay un hilo conductor, un aglomerante mágico que nunca se diluye, nunca termina, nunca muere.

Cada fin de semana, una recompensa, algunas veces mínima y otras enorme. Un encuentro, un rally, un día en un autódromo o la planificación de un viaje. Una ruta y un restaurante de campo, un plan detallado o una improvisada recorrida de sábado. Un café con amigos, una vuelta por el taller de Manolo y los ejemplos y recuerdos afloran sin control.

Celebro porque esto sea así, porque no paré y porque nuevos amigos sigan enriqueciendo mi vida y permitiéndome disfrutar sin parar de este mundo que lo tiene todo. Y, por supuesto, lo más importante: los tiene a ustedes.

N.N.