Texto y fotos de Carlos Alfredo Pereyra
Imágenes originalmente publicadas en la Revista Autohistoria

Se volvió un clásico del mes programar el encuentro con el editor de Autohistoria, Gustavo Feder, para ir a buscar al noble vehículo designado para ser el protagonista y foto de tapa del siguiente número de esta revista íntegramente dedicada a la producción automotriz argentina de todos los tiempos.

Sube Gustavo al coche, se apaga la radio, emprendemos un viaje hacia atrás en el tiempo, y hacia algún lugar de la ciudad o del conurbano, cerca de donde el coche a fotografiar pasa tranquilo sus días a buen resguardo, mimado y reluciente. Elegimos un lugar despejado y casi sin gente.

Es día del recuerdo. De cuando éramos chicos y los veíamos pasar por las calles, o de cuando estaban estacionados en la cuadra de casa. Convivíamos con estas nobles piezas. Nos llevaban y traían. Eran un miembro más de la familia. Eran el objeto del deseo. Sueños que alguna vez pudimos cumplir.

Por eso, no se habla de actualidad. A la ida está la expectativa por encontrarnos con el dueño y su compañero. Posiblemente, por su estado, ya lo tengamos marcado como vehículo destacado en Expo Auto Argentino. Así que, aunque no sea novedad, ya vamos preparando el ojo para anticipar cómo se llevará su forma y pintura con la posición del sol y el lugar donde se hará la sesión.

Elegimos lentes, nos apuramos, a veces (siempre) el sol nos quiere ganar. Se va muy alto en meses cálidos, o se apresura para ocultarse cuando el frío acorta el día. La disponibilidad de tiempo es una variable brava a la hora de hacer la cita. Para mi responsabilidad como fotógrafo es clave tener margen: no siempre es amplio. Pero ahí está el desafío.

Al llegar, tras dar unas vueltas desorientados, el tiempo corre. El ritual ya está ensayado: Gustavo baja, y habla con el dueño. Su tarea es de contención y alabanza, esa persona es la que gentilmente nos cede su pieza favorita de colección, nos permite admirarla y pasarla a una síntesis bidimensional. El trabajo debe ser rápido y preciso, sin dejar de tener sumo cuidado con los grips de cámara. Es que un trípode, un monopié, el flash o la pantalla reflectora pueden golpear o apoyarse sobre un tapizado o una puerta inmaculada. Pedimos permiso para abrirlas o para sentarnos sobre los asientos. No suelo ir con experimentos raros. Efectividad y ángulos, con lentes comprobados.

Si hay mucho sol deberíamos ir directo al interior de la cabina. No es lo deseable de entrada, pues primero hay que ablandar al dueño con conversación. A casi todos les gusta contar la historia del coche o los premios que ganaron. Hay que prestarles oído y devolver frases con sentido: Gustavo es especialista en eso. Yo escucho, como quien oye la radio, pero me tengo que concentrar en lo mío: así que suelo malgastar algunas tomas de prueba, hasta que llega el momento que ya obliga a dar el paso e intimar a bordo (con el coche, claro).

Es un momento difícil, porque solemos ser solo dos en el equipo de cámara. Iluminar interiores exige posturas raras y buena elongación en las piernas: sumando la ayuda desde afuera con los elementos reflectivos. Siempre faltan manos. Hay que cortar la charla por un rato y evitar los reflejos o los fuera de cuadro.

Para el final, tiraremos las mejores tomas. Ya conocemos mejor al coche y le podemos pedir al dueño que lo maneje o lo cambie de posición. Si el lugar lo permite, le hacemos tomas rodando. No siempre es posible, pero garpa.

El final es apresurado. Cuesta decidir cuándo estamos listos. Es repasar las tomas y asegurarse de que “está todo”. Sobrará material, pero se aprovechará en ocasiones como las de hoy, en esta nota de Autoblog.

Saludos y a casa. Cansados y sonrientes volvemos, a descargar las imágenes y a ver si el intenso trabajo valió la pena.

Por supuesto que sí.

Siempre es un placer esta vuelta atrás en el tiempo. Dejamos la tarea a un lado y a buen resguardo. Es momento de distender. Brindamos con una cerveza. El día ya tuvo sentido.

C.A.P.
Agradecimientos: Gustavo Feder y Autohistoria

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