Texto: Renato Tarditti *
Fotos: Dominico Lee

Acaba de terminar Autoclásica y la estrella de la muestra –ganadora por afano del premio Best of Show, como dice el buen amigo y connoisseur Hernán Charalambopoulos– fue la Ferrari 250 LM de Gregorio Pérez Companc (ver nota). Yo no soy un experto en autos clásicos, pero noto que hay un consenso generalizado en que el auto es bellísimo. Al que adhiero, por supuesto.

Simultáneamente, acaba de finalizar el Salón de París, la exposición de autos más importante del mundo durante los años pares. Y ahí también hubo un claro consenso en que el auto más bello fue el Renault Trezor Concept. No podría estar más de acuerdo. Por varias razones.

El objetivo del concept car de Renault es “festejar” la renovación completa de la gama que se inició con el recordado Dezir Concept (pudimos disfrutarlo en el Salón de Buenos Aires en 2011, ver fotos) y, al igual que aquel extraordinario ejemplar, dar inicio a un nuevo ciclo estilístico. Por eso, el impacto que debía generar el auto era crucial. Sí o sí tenía que ser atractivo. Es más, la consigna es que tenía que “enamorar”.

La receta que usaron como base es poco menos que infalible: el formato GT. Porque no hay nada más elegante que las proporciones de un “Gran Turismo”: largo, ancho y lo más bajo posible, con un capot que cuando más grande mejor y la cabina casi apoyada en las ruedas traseras.

Una tipología que tuvo su momento de mayor gloria en las décadas de 1950 y 1960, y dejó exponentes como la Ferrari 250 GTO, la Maserati A6G, el Aston Martin DB5, y el epítome de esa raza: el Jaguar E-Type. Con esa silueta, un 50% de objetivo estaba adentro.

En el plano estilístico, el equipo de diseño liderado por Laurens Van den Acker recurrió a otra carta ganadora: simplicidad y sensualidad. La formas de auto son sencillas, fáciles de entender, y los volúmenes voluptuosos, orgánicos y musculares. Las transiciones entre las superficies son muy fluidas y no hay quiebres abruptos. Lo que generan estas suaves redondeces es –ni más ni menos– que la luz rebote mejor (si le queda alguna duda, vuelva a chequear cómo el horizonte se refleja en los guardabarros de la mentada 250 LM).

Esa “simplicidad” transmite una agradable sensación de que los trazos salen naturales, sin esfuerzo, como pasaba con los autos de antaño. Y toda esa plasticidad en la carrocería prácticamente no está cortada por ninguna línea, salvo la de cierre del capot-cabina, que –¡mon Dieu!– se abre en una sola pieza hacia arriba y hacia adelante. Gol.

El tercer elemento clave (o el cuarto si consideramos el tema de la apertura), son los detalles. Son realmente preciosistas. Para empezar, la textura en algunas partes de la lámina de metal está hecha de pequeños hexágonos, que además de representar la armonía y solidez de una estructura alveolar, remiten a la mismísima Francia, a la que coloquialmente le dicen “L´Hexagone”. Esos hexágonos también están presentes también en el capot y se abren pivoteando para refrigerar… lo que sea que esté debajo. Otro gol.

La aplicación del logo en la trompa, cola y laterales es exquisita; hace que el rombo de Renault parezca una joya incrustada en la carrocería.

Ante tanto clasicismo, las luces LED aportan el dato tecnológico dibujando una estilizada “C”, que será la firma visual de los productos de Renault por un largo rato. Y por último, para cerrar la carga retórica, los rayos de la llantas tienen la inconfundible forma de… la Torre Eiffel. Chapeau.

En resumen, en términos de belleza, el resultado es indiscutible. Incluso hasta debería serlo para los que piensan que todos los autos modernos son una porquería, o los para los que están enojados con la marca. Pero bueno, a las emociones no hay con qué darles.

¿Y el diseño?

Hasta aquí todo muy bien. Peeerooo… Sí, hay un pero, al menos para mí. Pasa que en diseño, además de estética, hay una suerte de ética, que dice que la forma de un producto tiene que expresar su función y también su funcionamiento. Si pensamos que la función del Trezor es ser un deportivo para que en él se desaten las pasiones del amor, su forma no podría expresarlo mejor. Pero cuando hablamos del funcionamiento… aquí tenemos un problema. Porque resulta que el auto es eléctrico.

Y como creo que todos los que leen Autoblog saben bien, los autos eléctricos suelen llevar pequeños motores ubicados en las ruedas, o en la parte trasera. Ese último es precisamente el caso del Trezor.

Es decir, el auto toma “prestadas” las proporciones de autos cuyos largos capots eran funcionales para albergar grandes motores, pero lo que encontramos ahí debajo es… el baúl.

Una breve anécdota

En la coquetísima avant premiere del auto en la École Nationale Supérieure des Beaux-Arts de Paris, se armó un interesante debate en el que tuve la oportunidad de hacerle a Laurens Van Den Acker la siguiente pregunta: “¿Por qué si el auto es eléctrico tiene un capot gigante, como si debajo hubiese un clásico y enorme motor a combustión, que no lo hay?”

La respuesta, dicha con una sonrisa, fue predecible: “Necesitábamos hacer un auto que enamore a la gente, que sea digno de un poster en la habitación del chico que llevamos dentro… y para eso no hay formas más lindas que estas”. Tan obvio como pertinente.

Sin embargo, al ver el auto en vivo y en directo en el Salón al día siguiente, a pesar de su encandilante belleza, algo no terminaba de cerrarme. Era como ver esas hermosas bibliotecas en los estudios de los abogados con la sospecha de que los lomos de los libros son cáscaras vacías. O escuchar a un cantante de voz maravillosa haciendo playback.

Entonces –para mi pesar– me di cuenta de que le había hecho a Van Den Acker una pregunta equivocada. La correcta era: “¿Por qué no le pusieron un buen V6 Turbo, o (mejor) un V10 como aquellos que llevaron a Renault a la cima de la Fórmula 1? ¿No hubiese sido más genuino, más legítimo?”

Ya sabemos que hoy por hoy lo “políticamente correcto” es hacer alarde de conciencia ecológica, y justamente la marca del Rombo es pionera y un líder en esa tecnología, pero… ¿acaso Renault no seguirá fabricando también motores de combustión interna por muchos (muchos) años más?

Y finalmente: si hablamos de “pasión” y “enamoramiento” (que es un poco decir, “locura”), ¿hay algo más romántico, en la era de las silenciosas propulsiones limpias, que el sonido de un buen motor a explosión?

Ahí sí que el enamoramiento hubiese pasado a ser amor.

R.T.

  • Diseñador Industrial, editor de la Revista Móvil y colaborador en temas de Diseño en el suplemento “Al Volante” del diario La Nación.

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    Crítica de diseño: Renault Trezor
    Un auto para el póster en la habitación del chico que todos llevamos dentro.

    Crítica de diseño: Renault Trezor
    Trezor Concept, la estrella del Salón de París 2016.

    Crítica de diseño: Renault Trezor
    Sopresa, la cabina se abre hacia arriba junto con el capot.

    Crítica de diseño: Renault Trezor
    Sí, los hexágnos del capot se abren.

    Crítica de diseño: Renault Trezor
    Sexy, sí. Pero también masculino.

    Crítica de diseño: Renault Trezor
    ¿Que hay debajo del capot? Un V6 turbo, no.

    Crítica de diseño: Renault Trezor
    Tampoco un V10 de la vieja Fórmula 1.

    Crítica de diseño: Renault Trezor
    La textura de hexágonos est magnifique.

    Crítica de diseño: Renault Trezor
    La nueva firma lumínica de Renault.

    Crítica de diseño: Renault Trezor
    La inconfundible forma de la Torre Eiffel en los rayos de las llantas.

    Crítica de diseño: Renault Trezor
    Esas curvas reflejan bien la luz.

    Crítica de diseño: Renault Trezor
    El más mirado (y admirado) del Salón de París.

    Crítica de diseño: Renault Trezor
    Curvas sexy, oh sí (digo, oui).

    Crítica de diseño: Renault Trezor
    Et voliá.

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    VIDEO: Renault Trezor