Texto y fotos de Federico Kirbus
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Cuando por 1956 salieron los primeros Jeeps de la planta de Santa Isabel, no se les ocurrió nada mejor a los de IKA que pegar en los parabrisas un sticker con la inscripción “Y es argentino”, leyenda que algunos interpretaban como “Yes argentino”.

Pero eran vehículos de tracción simple, como un auto común. Y abundaban caminos de tierra que se convertían en barrizales y lodazales ante el menor chubasco.

¿Cómo hacer para avanzar cuando ambas ruedas patinaban?

Usábamos un simple truco, que había que conocer: como las zapatas de los frenos no tocan con igual fuerza las dos campanas a la vez, tanteábamos del freno de mano en forma alternada. Entonces, una rueda tendía a detenerse y la otra seguía girando. Y, tal vez, apoyaba sobre piso algo más seco. Y traccionaba.

Así, con esta técnica criolla, era posible -con suerte- zafar.

Para ir en esos años por tierra hasta Iguazú, cuando había llovido, se podía alquilar un chofer baqueano, que le ponía cadenas a las ruedas y a puros volantazos entraba al Parque Nacional. O llevaba el coche hasta Posadas.

Después salieron los Jeeps y Estancieras con tracción total.

Pero el ingenio vernáculo había triunfado antes.

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Invento criollo: la técnica del “autoblocante inducido”
La laterita roja de Misiones, con lluvia era más resbaladiza que hielo.

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