El periodista de Top Gear publicó hoy en The Sunday Times su relato completo de lo que ocurrió durante la filmación en la Patagonia. Revela que no estuvo en el momento de la pedreada en Tolhuin. "Nos metieron una patada en el culo", asegura.

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A continuación, el texto completo en español e inglés.

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Artículo de The Sunday Times (en español) "No nos equivoquemos, había vidas en juego"

La filmación de Top Gear por las remotas tierras de Argentina terminó en un dramático escape. Jeremy Clarkson revela como se escondió debajo de una cama de una pandilla que aullaba por su sangre.

Por Jeremy Clarkson

Todo comenzó a ir mal cuando estábamos filmando en la montaña, en el centro de esquí más austral del mundo, en las afueras de la ciudad de Ushuaia, en Tierra del Fuego.

Sabíamos que Ushuaia era el puerto desde donde el General Belgrano había zarpado en su viaje condenado al comienzo de la Guerra de Malvinas. Y sabíamos que aquél sentimiento anti-Británico todavía calaba duro y profundo, aquí en el fin del mundo.

Como consecuencia de esto, nos estábamos comportando de la mejor manera. Estábamos posando para todas las fotos, y aceptando alegremente los pedidos de autógrafos. El sol brillaba. Reinaba la calma. Incluso nos estábamos refiriendo a las pendientes (slopes) como "gradientes". Ciertamente, no había ningún indicio de que habíamos entrado al medio de una guerra que pensábamos había terminado 32 años atrás.

Pero luego nos llegaron los comentarios desde la base de la montaña. Algunos manifestantes habían llegado y estaban interesados en hacerle saber a todos que no estaban contentos con nuestra visita. Nuestros productores trataron de explicar que estábamos ahí para filmar en el centro de esquí. Y que luego filmaríamos un partido de fútbol con autos en la ciudad. Inglaterra vs. Argentina. El Mundial del Fin del Mundo lo íbamos a llamar.

No nos escucharon. Estaban enojados. Decían que ellos no eran violentos, pero que un grupo de hombres del sindicato local de camioneros estaban en camino. Y que cuando estos hombres llegaran las cosas se iban a poner feas. Nuestros organizadores locales nos aconsejaron que dejásemos de filmar inmediatamente, que dejáramos los autos en las gradientes y que fuéramos al hotel cercano.

"Este es un Estado mafioso", dijo un espectador. "Mejor que hagas lo que te dicen".

Así que eso hicimos, pero ir al hotel no funcionó. Una pandilla de gente nos estaba esperando. Decían que eran veteranos de guerra, lo que me pareció poco probable, ya que la mayoría estaba en los veinte y treinta años de edad. Golpeaban los capots. El abuso había comenzado. La policía llegó e inmediatamente le realizó la alcoholemia a Andy Wilman, nuestro productor ejecutivo. No estamos seguros por qué.

Richard Hammond, James May y yo nos escondimos valientemente bajo las camas de la habitación de un investigador, mientras los manifestantes recorrían el hotel buscándonos. El estacionamiento se estaba llenando. Más gente llegaba. Se estaba poniendo feo.

En Gran Bretaña, los periódicos estaban diciendo que yo había causado el problema cuando llegué a este polvorín político en un Porsche que llevaba la placa H982FKL, que si conviertes la H en un 1 y alternas la K y la L, pudo haber sido vista como una referencia a la Guerra de las Falklands en 1982.

Esto, sin embargo, no era cierto. El auto llegó a Argentina con esas placas, pero luego de dos dias de viaje, cuando estábamos en Chile, un usuario de Twitter notó el problema, así que las quitamos.

Cuando llegamos a Tierra del Fuego, el auto no tenía ninguna patente en la parte delantera y una mezcla sin sentido de letras en la parte trasera. Y no, no era W3WON (G4N4MOS, sería en español). Que pudo haber sido si yo hubiese estado tratando de levantar polvareda.

La patente ya no era el problema. Pero había algo que estaba causando que más y más gente llegara al hotel. Twitter estaba repleto de mensajes de locales diciendo que querían sangre. Uno dijo que iban a asarnos y comernos.

"Quémenlos. Quemen los autos", dijo otro. La ley de la calle estaba al mando.

Funcionarios del Gobierno aparecieron luego diciendo que ya no éramos bienvenidos en la ciudad, y que no podían garantizar nuestra seguridad. Que debíamos abandonar Argentina de inmediato. Es evidente que nos dieron permiso de visitar el lugar para luego sacar provecho político al echarnos cuando llegamos.

El problema era: ¿cómo abandonábamos el lugar cuando las calles estaban llenas de gente con palos, piedras y ladrillos? Nadie tenía una respuesta para eso.

Chile está a una escupida de distancia del otro lado del Canal de Beagle, pero no estábamos autorizados a cruzar porque Argentina dice que la tierra del otro lado también es propia. Así que agarramos todas las pertenencias que pudimos, juntamos a las mujeres de nuestro grupo y corrimos hacia el aeropuerto.

Esa noche estábamos en Buenos Aires entre argentinos sensibles que no podían creer lo que pasó. Y la mañana siguiente estábamos de vuelta en Gran Bretaña.

Pensábamos que una vez que nosotros tres nos hubiéramos marchado, la situación se calmaría. No fue así.

Dejamos atrás a 29 personas; camarógrafos, sonidistas, organizadores, personal local y productores. Ellos tuvieron que escapar por tierra con una variada caravana de 4x4 alquiladas, camiones y los tres autos estrella que les habían ordenado sacar del centro de esquí.

Tuvieron que enfrentar una larga, agotadora y poceada travesía hasta la frontera con Chile donde estarían seguros. Pero en el primer pueblo, los lugareños estaban listos. Un camión estaba bloqueando la ruta y cuando se acercó nuestro convoy, encaró marcha atrás con velocidad, obligando a nuestros muchachos a tirarse a las banquinas, que estaban llenas de gente que hizo evidente que querían sangre. Lanzaron ladrillos, rompieron parabrisas y dos de nuestro grupo sufrieron heridas por los vidrios que volaron. Pero lograron pasar.

Luego tuvieron otro problema. La próxima ciudad era Río Grande. Y el rumor era que 300 autos y miles de personas estaban armando una emboscada. Esto terminó siendo verdad.

Las embajadas británicas en Chile y Argentina estaban haciendo todo lo posible para lograr que los escoltara la policía. Y los nueve de nosotros que pudieron escapar estaban en una habitación de hotel en Buenos Aires, trabajando toda la noche para encontrar un avión y una pista de aterrizaje para que pudieran salir porque, no nos engañemos, estaban en juego vidas.

Mientras tanto, la persecución había comenzado. Nuestros muchachos estaban siendo arreados hacia una emboscada.

Así que abandonaron los autos estrella, que estaban repletos de equipamiento de filmación valuado en cientos de miles de libras - y mi nuevo sombrero-, al costado de la ruta. Y partieron a través de un desierto congelado a un puesto fronterizo remoto donde ni siquiera hay una ruta. Uno ingresa a Chile vadeando un río.

Tuvimos que conseguir un tractor para que pudieran cruzar siendo remolcados. Y tenía que ser un tractor rápido, porque sabíamos que nuestro convoy estaba siendo perseguido por los matones. Intentá conseguir un tractor rápido a las 2 de la mañana, en el medio de la nada. Todo el crédito se lo lleva el productor Al Renton, que fue quien lo consiguió.

Con las baterías del teléfono satelital de la caravana muriéndose, perdimos contacto por seis horas y no teníamos ni idea dónde estaban atrapados. No sabíamos si nuestros amigos estaban vivos o muertos. Fue una noche larga.

Todavía no tuve la chance de hablar con ninguno de ellos, pero sé que fueron retenidos en la frontera Argentina desde las 3 de la mañana, cuando llegaron, hasta las 11. ¿Por qué? ¿Para permitir que los matones los alcanzaran? ¿Quién sabe? Todo lo que me importa es que ahora están a salvo en Chile.

Tierra del Fuego no está identificada como un problema para los visitantes por la Ministerio de Asuntos Exteriores del Commonwealth, pero en mi cabeza no hay dudas de que entramos en una trampa.

Sé que periódicos maliciosos en Gran Bretaña han dicho que fue toda mi culpa por número de patente. Pero eso no fue siquiera mencionado allí, porque la placa en cuestión había sido reemplazada.

No. Éramos ingleses (aparte de un camarógrafo australiano y un doctor escocés) y eso era suficiente razón para el Gobierno provincial para enviar a 29 personas en una noche llena de odio y ladrillos voladores.

"Miren lo que logramos", van a decir en las próximas elecciones. "Echamos a los ingleses".

Eso es verdad. Nos metieron una patada en el culo. Aunque hay un brillo de luz en todo este penoso asunto. El partido de fútbol hubiese sido un buen final para nuestro especial de Navidad. Pero fuimos premiados con algo mucho mejor por los políticos del lugar y su ejército de patoteros contratados.

Me gustaría decir "Gotcha" ("los atrapé"). Pero no lo voy a hacer.

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Artículo de The Sunday Times (en inglés) Make no mistake, lives were at risk

A Top Gear film shoot in the wilds of Argentina ended in a dramatic escape. Jeremy Clarkson reveals how he hid under a bed from an armed mob baying for his blood

By Jeremy Clarkson

IT ALL started to go wrong while we were filming on a mountain in the world’s southernmost ski resort, just outside the city of Ushuaia in Tierra del Fuego.

We knew Ushuaia was the port from which the General Belgrano had sailed on its doomed voyage at the start of the Falklands War and we knew that anti-British feelings still run hard and deep, here at the bottom of the world.

As a result we were on our best behaviour. We were posing for all photographs, and happily accepting requests for autographs. The sun was out. All was calm. We were even referring to the slopes as “gradients”. Certainly there was no suggestion that we had walked into the middle of a war we thought had ended 32 years ago.

But then came word from the bottom of the mountain. Some protesters had arrived and were keen to let everyone know they were unhappy with our visit. Our producers tried to explain that we were there to film at the ski resort and then to host a game of car football in the city. England v Argentina. The Bottom of the World Cup we were going to call it.

They were not listening. They were angry. They said that they were not violent but that a group of men from the local truckers’ trade union were on their way. And that when they arrived things would definitely turn nasty. Our local fixers advised that we stop filming immediately, leave the cars on the gradients and go to a nearby hotel.

“This is a mafia state,” said one onlooker. “Best you do as you’re told.”

So we did, but going to the hotel did not work. A gang of people were waiting there. They said they were war veterans, which seemed unlikely as most were in their twenties and thirties. Bonnets were banged. Abuse was hurled. The police arrived and immediately breathalysed Andy Wilman, our executive producer — we’re not sure why.

Richard Hammond, James May and I bravely hid under the beds in a researcher’s room while protesters went through the hotel looking for us. The car park was filling up. More were arriving. This was starting to get ugly.

Back at home, newspapers were saying I had caused the problem by arriving in this political tinderbox in a Porsche bearing the numberplate H982FKL, which if you turned the H into a 1 and transposed the K and the L, could have been seen as a reference to the 1982 Falklands War.

This, however, was untrue. The car had indeed arrived in Argentina with those plates, but two days into our journey, when we were in Chile, a Twitter user pointed out the problem so we removed them.

When we arrived in Tierra del Fuego the car had no plate at all on the front and a meaningless jumble of letters and numbers on the back. And no, it wasn’t W3WON. Which it would have been if I’d been trying to ruffle feathers.

The numberplate then wasn’t the issue. But something was causing more and more people to arrive at the hotel. Twitter was rammed with messages from locals saying they wanted blood. One said they were going to barbecue us and eat the meat.

“Burn them. Burn their cars,” said another. Mob rule was in the driving seat.

Government officials then stepped in saying we were no longer welcome in the city, that our safety could not be guaranteed and that we needed to leave Argentina immediately. Plainly they had given us permission to visit simply so they could make political capital from ejecting us when we arrived.

The problem was: how do you leave when the streets are filled with mobs with pickaxe handles, paving stones and bricks? No one had an answer to that one.

Chile is a spit away across the Beagle Channel but we weren’t allowed to cross it because Argentina says it owns the land on the other side, too. We therefore gathered up as many possessions as we could, rounded up the girls from our party and made a dash for the airport.

That night we were in Buenos Aires among sensible Argentinians who couldn’t believe what had happened. And the next morning we were back in Britain.

We felt that with us three gone the situation might calm down. It didn’t.

We had left behind 29 people; cameramen, sound recordists, fixers, locals and producers. They had to make their escape overland in a ragtag collection of hired 4x4s, trucks and the three “star” cars that they had been told to remove from the ski resort.

They faced a long, bumpy and gruelling six-hour trek to the Chilean border and safety. But in the first town the locals were ready. A lorry was blocking the road and as our convoy approached, it reversed at speed towards them, forcing our guys onto the verges, which were filled with people who made it plain they wanted blood. Bricks were hurled, windscreens were smashed and two of the party were cut by flying glass. But they made it through.

And then they had a problem. The next city was Rio Grande. And the word from there was that 300 cars and thousands of locals were setting up an ambush. This turned out to be true.

The British embassies in Chile and Argentina were doing their best to get a police escort. And the nine of us who had escaped were in a hotel room in Buenos Aires working through the night to find a plane and an airfield from which they could get out because, make no mistake, lives were at stake.

Meanwhile, a chase had begun. Our guys were being herded towards the ambush.

So they abandoned the star cars, which were filled with hundreds of thousands of pounds worth of camera equipment — and my new hat — at the side of the road. And took off across the frozen wilderness to a remote border post where there isn’t even a road. You get into Chile by fording a river.

We had to get a tractor there to pull them across. And it had to be a fast tractor because we knew our convoy was being chased by the thugs. And you try finding a fast tractor at 2am, in the middle of nowhere. All credit to producer Al Renton that he did it.

With the batteries dying in the convoy’s satellite phone, we lost contact and for six hours had no clue whether they had been caught. Whether our friends were alive or dead. That was a long night.

I still haven’t had a chance to speak to any of them but I know they were held at the Argentine border from 3am, when they arrived, until 11am. Why? To allow the thugs to catch up? Who knows? All I really care about is that they are now in Chile and safe.

Tierra del Fuego is not listed as a problem for visitors by the Foreign & Commonwealth Office but there is no question in my mind that we walked into a trap.

I know mischievous newspapers in Britain have said it was all my fault because of the numberplate. But that wasn’t even mentioned down there because the plate in question had been replaced.

No. We were English (apart from one Aussie camera guy and a Scottish doctor) and that was a good enough reason for the state government to send 29 people into a night filled with rage and flying bricks.

“Look what we’ve done,” they will say at the next elections. “Sent the English packing.”

That is true. We got our arses kicked. But there is a glimmer of a silver lining in the whole sorry affair. The game of football would have been a good ending for our Christmas special. But we’ve been gifted something even better by the region’s politicians and their rent-a-mob cohorts.

I’d like to say “Gotcha” at this point. But I won’t.

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