Texto y fotos de Leo Valente
@leonardovalente

Desde California (EEUU) - Mi vínculo con esta especie de centro energético de la sociedad posmoderna, conocido como el Silicon Valley (básicamente, un conjunto de localidades que se extienden en la margen izquierda de la Bahía de San Francisco, donde reinan Apple, Google y la ilusión de una fortuna puntocom), empezó hace unos cinco años, cuando mi socio de por entonces me dijo que dejaba todo y se venía a trabajar acá.

“¡Buenísimo!”, le dije. “Ahora tengo un socio en el Valley, ¡me vas a ver pronto por allá!”.

Cualquiera sabe que este lugar es la meca de los Nerds del mundo, raza de la cual me considero un orgulloso miembro.

La promesa se cumplió recién cuatro años más tarde, cuando -utilizando un elegante ardid- persuadí a mi entonces novia de que el viaje de bodas no podía tener un marco más interesante que la Costa Oeste de Estados Unidos, circunstancia que nos trajo unos veinte días a este lugar, y que me dejó con ganas de venir “más en serio”.

Y, sin darme cuenta, gracias a la oportunidad que me brindó un concurso organizado por la Ciudad de Buenos Aires, prácticamente de un día para el otro me encontré cursando un programa de verano junto con 80 personas de 35 países, nada más y nada menos que en uno de los centros de investigación más importantes de la NASA, en Mountain View, a cinco minutos en Ducati (así se llama la bici de 100 dólares que me compré en Walmart) del GooglePlex.

La institución se llama Singularity University y es una organización enfocada meramente en la innovación, dándonos manija con las tecnologías exponenciales, aquellas que han aumentado radicalmente su potencia o disminuido su precio de manera más acelerada que la economía, la población o la sociedad, en un evento de aprendizaje permanente con formato de charlas TED y muchos recursos tecnológicos a nuestra disposición: drones, impresoras 3D, robots y esas cosas modernas que asombran a cualquiera.

Y, aunque resulta sencillo asombrarse con estas cosas, para un tuerquita argentino como yo, el aspecto más fascinante del descubrimiento diario de este lugar y su entorno pasa por la vida fierrera a la que puedo tener acceso.

En primer lugar están los contrastes de este país (y en especial esta región). Acá conviven monstruos como la Ford F-350 con duales -que usamos para ir a comprar la carne del asado- con una superpoblación de eléctricos e híbridos, que el estado de California estimula con reembolsos económicos, y fundamentalmente con la posibilidad de viajar solos en el carril rápido del Carpooling, habitualmente reservado para vehículos con más de un pasajero.

Es un verdadero tributo al Greenwashing, ese doble discurso orgánico, verde y consumista, que puede llegar a agobiar si no se maneja con calma.

Dentro de los eléctricos, destacaría algunas cosas importantes, como el enorme crecimiento de Tesla, quizá la marca más respetada en este lugar, con sus imponentes Model S y otras variantes, que hacen realidad el sueño de un EV confiable, tecno y con autonomía para recorrer más de 400 kilómetros, una tendencia que se impone sobre los casi infinitos Porsche 911 (¿dónde los regalan?) y otros lujitos que los ejecutivos techies o biotechies pueden darse tras una oferta pública de acciones exitosa.

Para los pobres, también hay una oportunidad. Sin lugar a duda, uno de los puntos más altos de mi experiencia aquí fue la posibilidad de suscribirme al servicio DriveNow de BMW, una movida de marketing que te permite alquilar por horas un Serie 1 con un motor eléctrico de 162 caballos.

El servicio se reserva con hasta 15 minutos de anticipación desde un smartphone, y se desbloquea acercando una tarjeta inteligente al parabrisas del auto. A partir de allí, todo es magia: programás el GPS y salís andando, en un silencio absoluto, que sólo el aire acondicionado o el contundente equipo de audio pueden atreverse a perturbar. Claro que, sin ellos, la experiencia es lo más parecido a manejar una lustraaspiradora galáctica, apenas perceptible. Al menos tiene la contundencia del torque plano abajo. Puede pasar a cualquier vehículo como de parado en las autopistas. El único límite son las 90 millas a las que está programado. Y no tanto la posible aparición de la Highway Patrol, más allá de las creencias populares.

Los 18 dólares por hora pueden parecer costosos, pero hacer un trayecto a San Francisco por menos de 20 dólares es más conveniente que subirse al tren, si somos más de dos. Y es hasta nueve veces más barato que tomarse “un Uber”, el servicio de vehículos compartidos solicitados por Smartphone, que representan la encarnación tecnológica de nuestros viejos y queridos remises truchos (mientras los dejen seguir trabajando).

Por lo pronto, la NASA no deja entrar más a los Uber a la base. Parece que están medio flojitos de papeles. Quisiera imaginar a un conductor de este servicio -o de su competidor Lyft- tratar de entrar en Concordia con taxi de Capital Federal. Ni hablar de los muchachos de la terminal de Bahía Blanca.

Con quienes ciertamente encontrarían dificultades en pelearse los muchachos sería con los conductores de Google: porque no existen. Acá el buscador más famoso tiene una verdadera flota de autos sin chofer. Su presencia es mucho más cotidiana de lo que uno puede imaginar a la distancia. Están en las calles, las avenidas o a 65 millas por hora en la Autopista 101. Son fácilmente reconocibles por su prominente “lata giratoria”, sobre una especie de trípode que domina la escena con una combinación de Lidar (radar-láser), radar convencional, y cámaras percibiendo el entorno del vehículo con elegante precisión.

Con certeza, de todas las tecnologías que vi por aquí, los autos que se manejan solos es una de las más cercanas. Y su planteo respecto de cómo nos vamos a relacionar con los autos, es radical. La posibilidad de que tu vehículo “te tire en el centro y vuelva a la cochera para recargarse” ya está más limitada por el temor de los gobernantes que por las posibilidades de la electrónica. Por eso, y por las dudas, en cada auto robot va sentada una persona en el lugar del conductor.

Finalmente -y para los nostálgicos de la nafta-, no faltan aquellos lanzamientos que por decisiones de mercado, devaluaciones y defaults varios nos estamos empezando a perder: BMW Series 4 y Serie 2 (¡muy bonitos, ché!), Mercedes varios y algún Pagani Huayra perdido en la ruta, son experiencias gratas a los sentidos menos futuristas. Para mí, me reservo al empleado de NASA que nos deleita todas las mañanas con la música de su Maserati Quattroporte.

Es un mundo de fantasía, que parece más lejano de lo que realmente está, porque más allá del contexto político-económico que todos conocemos, la pregunta del millón, fundamentalmente viendo el boom de los eléctricos -o híbridos baratitos, como el Prius C (con de “cheap”)- es: ¿por qué no podemos tener esta movida en Argentina?

¿Podemos hacer un ensayo de respuesta con una concepción pragmática y latinoamericana que realmente acerque un principio de solución?

Yo tengo una idea: en unos días -y si el Jefe me lo permite- voy a tratar de compartirla con los lectores de Autoblog.

Saludos desde el espacio privatizado -sin cohetes ni transbordadores- de la NASA.

Leov

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Los autos de Silicon Valley, en los ojos de un argentino
El vehículo alternativo y ecológico de Google.

Los autos de Silicon Valley, en los ojos de un argentino
Igualito a los de calle. Un auto robot de Google en el Computing Museum.

Los autos de Silicon Valley, en los ojos de un argentino
A falta de tacómetros buenos son indicadores de carga y descarga. El efecto es muy parecido.

Los autos de Silicon Valley, en los ojos de un argentino
El bigote rosa significa Lyft: remís trucho, versión primer mundo.

Los autos de Silicon Valley, en los ojos de un argentino
El futuro, en cualquier estacionamiento.
Los autos de Silicon Valley, en los ojos de un argentino
Le prestaron una impresora 3D a Leov. Y lo único que se le ocurrió imprimir fue esto.

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