Texto y fotos de Federico Kirbus
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Aseguran que hubo una época en que Jesucristo deambulaba por la Tierra. Y yo puedo testificar, si fuera necesario bajo juramento, que coches que hoy día ganan en Autoclásica el “Best of Show” circulaban por las calles de Buenos Aires.

Cuántas veces asustábamos con Ronald Hansen, con los faros altos del Bentley cuatro litros y medio, en lo que era todavía Avenida Alvear y no Del Libertador, a otro automovilista. O cuando después de una carrera en el Autódromo me dejaban en mi casa con un Mercedes SSK y motor aún caliente, porque al piloto amigo mi domicilio le quedaba de paso.

Y cuando como chiste circulaba por La Viridita o La Biela aquella cuchufleta del inglés, que se había quedado con su Rolls Royce en un solitario camino de Cheshire, y quien tras dar aviso de la panne recibe la visita de un silencioso Bentley, del cual descienden dos mecánicos de mameluco blanco, solucionan el desperfecto y sin decir parola ni aceptar propina se van, con el colofón que cuando el dueño de la limusina con el Spirit of Ecstasy pretende agradecer el servicio a la fábrica en Crewe, se le asegura que debe tratarse de un error porque jamás de los jamases un Rolls ha sufrido defecto mecánico alguno.

Fue por entonces que entre varios locos lindos creamos el Gran Premio Standard o Turismo Mejorado o Anexo J para autos hechos para el asfalto de Turnpikes, Highways, Autobahn o Autostrada para que surcaran los caminos de ripio de La Rioja o atravesaran los aterradores arenales de Guandacol.

Y de ese tiempo perduran también algunos recuerdos y fotos amarillentas que hacen palidecer cualquier anécdota del Dakar sobre algún competidor que sufre un percance y un camión factoría se detiene al lado para dejarlo en cuestión de minutos otra vez joya.

Como cuando -y casos así hubo incontables– un piloto que conocíamos sufrió un vuelco por Catamarca y al llegar nosotros con un Peugeot 404 similar improvisamos a la vera de la ruta un taller con una piedra grande como yunque y otro pedrusco como masa para intentar de enderezar la suspensión retorcida… y a seguir corriendo.

Y ese otro competidor que con un De Carlo, creo, se quedó varado en lo alto de Minas Capillitas y permaneció allí expuesto al frío por tres días y cuatro noches hasta recibir el repuesto pedido a Buenos Aires, para continuar y llegar aunque fuere último en su categoría.

¡Todo por el encanto de “dar la vuelta”!

F.K.

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Nuestro Dakar
Fangio, mecánico antes que corredor. Más historias en la nota "Parque cerrado".

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