Texto de Federico Kirbus
Fotos de Marlú Kirbus (Q.E.P.D.)

En diciembre de 1971 fuimos al Perú con un Torino color rojo, Marlú, Leonardo y Fede. Íbamos acompañados por un Falcon, con Jorge y Malena.

La primera aventura fue la subida al Abra de Acay, con la huella cuajada de rocas sueltas. A la ida a Chile no faltaron sobresaltos, como el único surtidor de nafta en San Antonio de los Cobres, congelado hasta las once, cuando recién le daba el Sol, y el manómetro de presión de aceite cayendo a Cero, aunque felizmente en el cárter había suficiente óleo

Desde el Cuzco, el ombligo del imperio Inca, hasta Quito al Norte, y hacia el Sur por el desierto de Atacama al actual Chile, a la montaña y a la costa, aunque nunca penetrando en lo que hoy es territorio argentino: más de cinco mil kilómetros tenía la red vial de los famosos amos del antiguo Perú.

Caminos rectilíneos hasta donde la vista alcanzaba – sin embargo, jamás transitada por una sola rueda, simplemente porque en América no se había inventado este método fundamental de movilidad-.

Sobre los caminos del Inca sólo trotaban llamas cargadas con mercancías, o bien corrían presurosamente los chasquis, que eran los mensajeros pedestres.

Caminos que no eran carreteras, ¿cómo es posible? De verdad, salvo algún juguete de México (un caballito de terracota con unas arandelas que eran fijas y no giraban) nada se encontró en la América antigua que se pareciera a una rueda.

Sin embargo, ¿cómo pudieron los incas mover las gigantescas piedras que necesitaban para construir Sacsayhuamán, la fortaleza del Cuzco?

Como no queríamos darnos por vencidos ni satisfechos con teorías como la de los Dioses que movían esos bloques de roca de hasta 145 toneladas, ni con que estas moles fuesen trasportadas sobre trineos de madera arrastrados sobre la tierra natural, efectuamos en su momento un ensayo en los Laboratorios Físicos Ford en General Pacheco.

Hicimos la siguiente prueba de aplastamiento radial: cortamos de diversos árboles sendos trozos de ramas. Los rodillos de entre siete y diez centímetros de diámetro -y veinte centímetros de largo- eran de ciruelo seco, de álamo verde, de durazno verde y de paraíso seco y verde. Con este resultado sorprendente: un tronco de paraíso seco resistía una carga de siete toneladas. Y que por ende la roca más pesada de Sacsayhuamán podía haberse trasportado, empujándola, sobre una veintena de rodillos de madera.

Conclusión: La rueda era desconocida en América y, sin embargo, ¡se usaba una variante primitiva, pero eficaz de este aparejo de trasporte!

Mucho de lo que se escribió y atribuyó a los incas es equivocado, falso o incluso distorsionado adrede para torcer la historia. Esto empieza con el famoso Tesoro del Inca jamás hallado, continúa con la ramificación de los caminos de la red imperial y culmina en fraudes como el de las tristemente célebres Momias del Llullaillaco en Salta. Se trataba de niños indígenas que fueron depositados en sepulcros preparados adrede en la cima de este gran volcán a fin de simular que se trataría de los enterratorios más altos del mundo.

Nosotros quisimos saber la verdad. Experimentamos con los rodillos de leña para confirmar que sí existía en América una variante de rueda para trasportes de cargas pesadas (fuera de la red vial), y rematamos el ensayo colocando en las afueras de Cuzco nuestra cupé Torino sobre el empedrado del camino, que de aquí partía en dirección Norte.

No íbamos a llegar lejos. De todos modos, quisimos rendir de esta manera un homenaje a la red vial más extensa del Nuevo Mundo.

Otro episodio

Como aquél del ingeniero Tomás Arroyo del FF. CC. Belgrano, cuando en 1988 se desplazó con dos compañeros de Olacapato por el paso Sico a la mina de hierro chilena El Laco para estudiar pormenores del futuro envío de 300.000 toneladas anuales de mineral a los Altos Hornos Zapla por el C14.

En El Laco había solo tres operarios chilenos con un perro, sin provisiones y aislados desde hacía varios días por el crudo in(v-f)ierno. Le dejaron a los rotos todo lo que llevaban para emprender el regreso por Huaytiquina a fin de aprovechar explorando también este paso.

Al pasar esa mañana por Catua, un pueblito que cambia de provincia por cuenta propia cual piuma al vento según si Salta o si Jujuy ha aumentado los haberes de los empleados públicos, los tres viajeros tuvieron el acierto de avisar al cabo Díaz que volverían a las 19 horas; y que si ello no ocurriese, que notificara a la autoridad.

El viaje de regreso de El Laco no duró mucho. En Huaytiquina se encajó la camioneta. Allí estaban, sin comida y sin agua, con poco combustible y la ropa puesta, enfrentando temperaturas bien bajo Cero.

Pero afortunadamente Díaz estaba atento, y siendo que a las 19 no había novedad avisó a la Policía de Salta ya que no tenía comunicación directa con la cercana mina Olacapato. Anotició que los tres ferrocarrileros estaban demorados y que hacía mucho frío. La Policía de Salta informó al FF. CC. Belgrano que había tres personas congelándose en Huaytiquina. El Belgrano pasó a la Policía de Jujuy un mensaje que tres personas estaban corriendo el riesgo de morir congelados. De Olacapato, donde finalmente se recibe la noticia, sale entonces un camión en busca de los extraviados y logra liberar la chata.

A esta altura la novedad ya había alcanzado su ápice en medio de un giro entre la hilaridad y lo patético. Y es así que cuando al poco tiempo de reanudar la marcha por sus propios medios desde Huaytiquina en dirección a Olacapato, los recién salvados se encuentran de frente con un Unimog de Gendarmería Nacional trasportando tres ataúdes, tres.

Para ellos.

F.K.

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De Buenos Aires a Lima, en un Toro Rosso
La quebrada de Huaytiquina, hermosa.

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Al cruzar a Chile pasamos frente a la mítica laguna Legía, con el activo volcán Láscar y otros colosos al fondo.

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Por el altiplano hacia el Huaytiquina, con vestigios de una tropa de vacunos sucumbida en una tormenta de nieve, descrita por Juan Carlos Dávalos en El Viento Blanco.

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Paso del Falcon que nos acompañaba por el caserío Catua, donde comienza el drama de don Antenor Sánchez en El Viento Blanco.

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En el tablazo nos topamos con un Chevy argentino y tres hombres que venían sin rueda de auxilio. Al preguntarnos por una gomería los remitimos a la ciudad de Salta, distante 300 kilómetros.

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La pendiente más empinada del paso Huaytiquina: el paso del Negro Overo. Desguazando un camión accidentado al fallarle los frenos y embalarse.

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Subiendo de la costa, vía Arequipa, al Titicaca, con el majestuoso volcán Misti a la vista.

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La Raya, punto más alto entre el Titicaca y el Cuzco.

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En Ticlio Anticona, entonces el paso carretero y ferroviario más alto del mundo.

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Ficha técnica del viaje.

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Amplia repercusión del viaje en la Revista Autoclub.

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