El estado de abandono del aeródromo de Don Torcuato es la metáfora perfecta de la situación por la que atraviesan los fabricantes artesanales de autos sport, que hasta hace unos años le daban un atractivo especial a esta localidad del Norte del Gran Buenos Aires: aviones desarmados, perros vagabundos, pastos crecidos, una pista en la que hace meses que no aterriza ningún avión y un cartel que anuncia la inminente apertura de Lagunas del Norte, un barrio privado que loteará la vieja terminal aérea.

El último gran espectáculo automotor que vio esta base en los últimos meses fue cuando Renault Argentina alquiló el predio para guardar varios cientos de unidades de stock acumulado. Hoy sólo quedan algunas decenas.

Así como ahora los aviones se dirigen al aeropuerto de San Fernando y en Don Torcuato apenas aterrizan algunos helicópteros, de las cuatro empresas que en los galpones y hangares vecinos se dedicaron durante décadas a la fabricación artesanal de autos sport, hoy sólo sobreviven dos: las más pequeñas.

Bessia Motorsport, fundada por el ex campeón argentino de Fórmula 2 Osvaldo Bessia, cesó a comienzos de año la producción en su hangar del aeródromo de Don Torcuato. Después de casi 30 años de fabricar alrededor de 500 autos sport –el más exitoso fue el Biscayne Roadster, inspirado en el Shelby Cobra-, la empresa bajó la persiana, despidió a media docena de empleados y hoy apenas se dedica al mantenimiento de los autos vendidos.

JVA Automóviles Especiales, la empresa fundada en 1996 por el publicista Jorge Vázquez en un hangar vecino a Bessia, también despidió a todo su personal y cesó la producción el año pasado. Durante más de una década, JVA produjo casi un centenar del 550 Spyder (réplica con motor VW del Porsche 550 Spyder) y el Monofaro (réplica de la Maserati del mismo nombre).

Hoy sólo sobreviven Iriarte Atelier –del arquitecto Rodolfo Iriarte y su hijo Cato- y Automóviles Sport Argentinos, de Néstor Salerno.

La crisis que puso contra las cuerdas a los artesanos de Don Torcuato no tuvo nada que ver con la caída de Wall Street ni con la reciente bancarrota de algunas de las firmas automotrices más grandes del mundo.

Hace cuatro años, por pedido de la Secretaría de Transporte, la Secretaría de Industria de la Nación modificó los requisitos de la Inscripción Inicial de Automotores Armados Fuera de Fábrica. Se había detectado que la figura legal de Armado Fuera de Fábrica (AFF) estaba siendo utilizada por algunas empresas de transporte de pasajeros para armar ómnibus con carrocería moderna, pero basados en chasis y motores de vehículos antiguos.

Para frenar esta nueva costumbre, que podía llegar a poner en riesgo la seguridad de los pasajeros, la reglamentación AFF fue modificada y complicada hasta el infinito.

Nadie tuvo en cuenta que esta reglamentación AFF era la que utilizaban los artesanos de Don Torcuato para armar sus réplicas cero kilómetro. Desde la modificación, ninguno pudo volver a patentar un auto bajo esta figura.

JVA utilizaba chasis propios con carrocerías propias y motores provenientes de Volkswagen. Bessia utilizaba chasis propios con carrocerías propias y motores Ford nuevos, en muchos casos importados de Estados Unidos.

El mismo Osvaldo Bessia le explicó la situación a Autoblog, en su desolado hangar de Don Torcuato.
El caso Bessia
Sobre su escritorio descansa un diario de hace tres meses, ya amarillo por el tiempo, mientras que el Biscayne Roadster de color marrón que se exhibe en su oficina está cubierto por una fina capa de polvo. Osvaldo Bessia estuvo esta semana en Don Torcuato, pero hace meses que vive en Córdoba: “No quiero ni oír hablar de autos. Prefiero concentrarme en los pájaros y los zorros que pasan frente a mi casa”, dice el ex subcampeón de Fórmula 4.

“Cuando modificaron la normativa de AFF me armé de paciencia e hice lo imposible para cumplir con todos los papeles que me comenzaron a exigir. Presenté los planos de los vehículos en Autocad, yo mismo tomé las medidas de cada perno y de cada auto. Llené carpetas con papeles, pagué formularios y sellados, pero siempre me faltaba algo”, cuenta Bessia.

“Era como si no nos quisieran dejar trabajar más y poco tiempo después confirmé que era así. Con otros artesanos logramos hacerle llegar nuestro reclamo al entonces Ministro del Interior, Aníbal Fernández, quien aceptó enviarnos un funcionario de la Secretaría de Industria. Bueno, no lo enviaron: lo tuve que ir a buscar a su despacho con mi auto y traerlo hasta Don Torcuato”, agrega.

“Cuando entró a mi hangar, lo primero que me pidió fue ver la pileta para el baño de cataforesis de la carrocería”, se agarra la cabeza Bessia, pionero en el armado de carrocerías de fibra de vidrio, que no se oxidan y por lo tanto no necesitan protección contra la corrosión.

El funcionario cuestionó las medidas de seguridad de los Biscayne Roadster y del Biscayne GT (réplica del Ford GT40, de la que Bessia llegó a producir siete unidades). Y le dejó en claro que en esas condiciones nunca lograría patentar un auto como AFF. “Me dijo que la única solución era inscribirme como Terminal Automotriz, pero para eso debía fabricar un mínimo de 250 unidades al año. Si le exigieran lo mismo a Horacio Pagani en Italia, tendría que cerrar su fábrica de Zonda hoy mismo”, grafica Bessia.

Después de llevar de regreso hasta su oficina al funcionario, Bessia tuvo un pico de presión y lo operaron de urgencia para colocarle dos stent coronarios. Ahí decidió cerrar la fábrica, despidió a los empleados, pagó indemnizaciones y aún hoy sigue pagando los juicios laborales. Para hacer frente a las deudas vendió su De Tomaso Pantera y hasta su auto favorito: un Lotus Seven producido en Martínez en los años ’70, con licencia de Colin Chapman.

El caso Iriarte
Con una estructura de empleados más chica, el arquitecto Rodolfo Iriarte y su hijo Torcuato (más conocido como Cato) lograron encontrarle la vuelta a la reglamentación de AFF para seguir trabajando.

El Atelier Iriarte empezó a funcionar en los años ’70 y desde entonces lleva producidos más de 50 vehículos, entre réplicas del Jaguar C, del Lotus Eleven y creaciones propias como el Benjamin y el Rotor.

Los Iriarte descubrieron que sus artesanías podían ser autorizadas, siempre y cuando utilizaran el chasis de un auto ya patentado y le pusieran un motor y una carrocería similar a la del auto original. “Como toda normativa, su aplicación es muy vaga, pero así pudimos seguir trabajando”, explicó Cato.

Por ejemplo, el biplaza que ilustra el comienzo y el final de esta nota es un sport basado en un Ford A de 1928. Se utilizó el chasis original de un Ford A que ya estaba patentado y se le hicieron algunas modificaciones: se colocó un motor Ford de cuatro cilindros con 130 caballos de potencia y se diseñó una nueva carrocería en aluminio. “La única condición para conservar la patente original del auto es que tanto el motor como la estética respeten la época del vehículo. Lo que está prohibido es hacer un auto de diseño moderno sobre una plataforma vieja”, añade Cato.

“Con esto no nos vamos a hacer ricos como Henry Ford, pero al menos podemos seguir trabajando de lo que nos gusta”, agrega Rodolfo.

De Argentina para el mundo

Para evitarse complicaciones con la matriculación nacional de sus artesanías, tanto Iriarte como Salerno y prefieren atender los pedidos que les llegan desde el exterior.

Salerno está trabajando por estos días en las réplicas de dos Ferrari clásicas: una 250 GTO y una 250 Testa Rossa, a imagen y semejanza de la que el mes pasado se subastó en Maranello por 8,2 millones de euros. Por supuesto, los autos de Salerno no son originales ni pretenden serlo, pero son excelentes juguetes para quienes saben apreciarlos como tales.

Los clientes que encargaron estas dos réplicas son europeos y pagarán una interesante suma por sus artesanías que llevarán motores originales de Ferrari. Podrán salir a manejarlos todos los días o incluso inscribirlos en competencias de autos sport. No habrá límites para el disfrute: en sus países sí podrán patentarlos como vehículos cero kilómetro, Made in Argentina.