Por Federico B. Kirbus
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La limusina color negro antracita marca Zil, que se dirigía por los bulevares de acceso de Moscú hacia el suburbio Novokossino, era de las que comúnmente usaba la nomenklatura soviética, aún cuando no era reconocible a primera vista como vehículo oficial: sin gallardete y ocupado por dos personas -chofer y pasajero- de civil.

En las afueras de la ciudad, el vehículo tomó por calles alternativas hacia una dacha casi escondida entre una frondosa arboleda. Un guardián armado saludó y franqueó el acceso. El Zil 111 G, una imitación bastante bien lograda del Ford Fairlane norteamericano -aunque fabricado en Smolensk- entró en el pequeño parque y estacionó debajo de un alero grande.

El interior de la residencia era muy distinto de lo que permitía sospechar su sobrio exterior: iluminación profusa, escritorios y consolas atestados de aparatos electrónicos, y grandes pantallas luminosas donde aparecían continentes, países y ciudades en diferentes colores, todo atendido por personal militar.

Y para imposibilitar que desde el exterior pudieran registrarse las conversaciones por las ondas sonoras de las voces que rebotaban en puertas y ventanas, una especie de música funcional sonaba en forma permanente. Al mezclarse las notas con las voces resultaba imposible grabar desde afuera algo inteligible, aún con el mejor micrófono direccional.

Desde un recinto contiguo a la sala principal se podía descender con un ascensor. Es que, en realidad, se trataba de una antigua mina de carbón sobre cuyo pique se había construido el edificio para disimular el verdadero carácter de la instalación, habiéndose reemplazado a su vez el antiguo montacargas por un ascensor rápido y moderno.

Alcanzado el nivel 200, el coche detuvo su movimiento vertical y se abrió la puerta hacia un recinto que antaño había sido una galería para el laboreo de hulla.

Aquí funcionaba ahora una central de comunicaciones para los silos subterráneos de los cohetes antibalísticos soviéticos distribuidos entre el Mar Báltico y Vladivostok, entre Leningrado y Sebastopol. Y aquí convergía todo el poder atómico del Kremlin. Doscientos metros bajo la superficie, la central estaba a salvo de cualquier intento enemigo de auscultar lo que se hacía o conversaba en este sitio.

Era un martes de 1962, día en que como todas las semanas se reunía el comité para la revisión y actualización de los objetivos que debían alcanzar los cohetes rojos en caso de ordenarse desde el alto mando un ataque a destinos enemigos seleccionados. En Estados Unidos, en Gran Bretaña, en Francia y aún en otros países.

El hombre recién arribado en la limusina se dirigió hacia una puerta señalada con una luz de alerta roja titilante. Era la sala de conferencias. Bien iluminada, pero austera, equipada tan sólo con una gran mesa, una docena de sillas y varios teléfonos.

Otros hombres que lo aguardaban hacían ademanes de un saludo militar, porque estaban de uniforme pero sin gorra.

El recién llegado ingresó en la sala y tomó asiento en la cabecera. El hombre, Piotr Alexandrovich Koloshenko con sus señas completas y el grado de coronel de la Fuerza Aérea, era el nexo directo entre el mando superior de las Fuerzas de Cohetes Estratégicos de la URSS en el Kremlin, que a su vez recibía las instrucciones inmediatas del Politburó.

Tales disposiciones, siempre que se refiriesen a la cohetería, eran llevadas por Koloshenko al centro de comando y comunicaciones instalado en aquella olvidada mina de carbón debajo de una dacha de aspecto inconspicuo en Novokossino. Los datos que portaba en mano el enviado no podían trasmitirse por cable o vía inalámbrica.

Tomaron asiento. No obstante ser los presentes fumadores empedernidos, ninguno pitaba. Tampoco se observaba ni traza de las ubicuas botellas de vodka por ninguna parte. Ley seca y antihumo a rajatabla.

-Bien, camaradas -comenzó Koloshenko su exposición. Tenemos hoy dos coordenadas: una para ser suprimida y otra para agregar a nuestra planilla de objetivos de ataque.

Los asistentes alistaron sus planillas para tomar nota de la novedad.

Koloshenko continuó:

-El objetivo que debemos eliminar porque, según el Buró ha perdido trascendencia militar o política, es la isla de Malta. En el pasado, ya desde la Antigüedad, fue un baluarte estratégico importante hasta inclusive la Gran Guerra Patria, cuando era trampolín militar de los Aliados. Pero ya carece de la categoría que le cabía hasta hace poco.

El coronel miró a los asistentes, ocupados en ubicar la isla de Malta en su larga lista de objetivos eventuales para hacer una cruz o tacharla con lápiz -mina semiblanda-, que era el elemento de escribir obligatorio en las Fuerzas Armadas rojas, porque jamás fallaba ni se borroneaba con el agua, ni tampoco dejaba de marcar con trazo firme en el espacio ingrávido donde los bolígrafos del mundo capitalista no funcionaban. Máquinas de escribir con cinta negro fijo, y lápiz, tal cual.

-La novedad que traigo del Politburó es el destino hasta ahora más lejano que hemos de incorporar en nuestro registro de blancos.

Los presentes miraron con atención al coronel, que a su vez repasaba la carilla que pocas horas antes le habían entregado en la oficina de conexión del Kremlin.

-Por suerte los últimos tests de nuestros misiles demuestran que es perfectamente posible alcanzar un objetivo tan remoto, sin contar el recorrido adicional por la trayectoria parabólica balística.

Koloshenko respiró hondo:

-Algunos de ustedes conocerán por referencia el país y la ciudad, y otros no. Pronuncio los nombres con claridad: AR GEN TI NA y BUE NOS AI RES. Coordenadas aproximadas: 34 grados 36 minutos Sur y 58 grados 22 minutos Oeste de Greenwich.

"¡Casi quince mil kilómetros!", pronunció asombrado uno de los presentes.

-No tanto. Lógicamente dispararíamos desde una base de las situadas más al Oeste. Por ejemplo, desde uno de los silos cerca de Kiev, ¿qué le parece, Gavreliuk?, preguntó el coronel al especialista.

-Sí, mi coronel, Kiev o uno de los otros, reforzados, que se encuentran cerca de Vinnitsa. Pero de cualquier manera deben ser unos 13.000 kilómetros. Por lo que tendríamos que preparar un conjunto de cohetes R-16 para alcanzar el destino. O los nuevos UR-100, si ya son plenamente confiables.

"¡Trece mil kilómetros!", dijo otro del grupo como pensando en voz alta. "En todo caso nos quedarían los submarinos estratégicos que surcan el Atlántico Sur".

-Ningún problema con los proyectiles tierra-tierra gracias a los nuevos súper propelentes que ahora tenemos, y con los dispositivos de guía inercial avanzados de alta precisión. Por ahora afinaremos la puntería. Nuestros informantes en Buenos Aires nos pasaron las coordenadas aproximadas del objetivo, pero pronto tendremos también los datos con la precisión de arcosegundos.

"¿Y se trata de…?", consultó otro de la rueda.

Koloshenko carraspeó un poco antes de responder:

-Los americanos son siempre los mismos. Especialmente desde Pearl Harbour saben que si bien están lejos del resto del mundo, no son inalcanzables tanto por mar como tampoco por aire. Los portaaviones cambiaron todo, lo mismo que los bombarderos estratégicos y desde luego los submarinos con propulsión nuclear. Por esta razón fue que los norteamericanos debieron camuflar con un elevadísimo coste la planta de aviones de Lockheed en Burbank, California, pues quedaba demasiado cerca del Pacífico (1). Hasta los grandes estudios de Hollywood temían por entonces ser confundidos por los japoneses con industrias bélicas en un eventual raid aéreo.

Koloshenko miró a sus interlocutores:

-Concretamente se trata de una nueva planta para producir cohetes balísticos intercontinentales; según tenemos entendido, de la línea ICBM Atlas (2). Ya durante la última guerra los yanquis procuraron instalar sus fábricas de elementos bélicos lo más lejos de las costas, para protegerlas de ataques enemigos por distancia. Lockheed en Burbank no les resultaba bastante seguro ante la latente amenaza nipona. Concentraron entonces la producción bélica en el área de Detroit y otros polos industriales del interior del país, incluso en Canadá. Fue cuando Ford instaló su gigantesco complejo fabril de bombarderos para los cuatrimotores B 24 en Willow Run, Michigan (3).

-Pero ahora, prosiguió Koloshenko, -van más allá. Ante la amenaza potencial de nuestra cohetería intercontinental procuran emplazar plantas subsidiarias también en otras partes. En este sentido les está viniendo de perillas que un país tan lejano y tan pacífico como Argentina esté armando una industria automotriz propia. ¿Qué mejor cosa que diseñar las fábricas de manera tal que además de autos, pick-ups y camiones se pueda, sin muchos cambios, ensamblar misiles?

Varios de los asistentes asentieron con la cabeza.

-Lo concreto es que hace escasos dos años la Ford Motor Company compró en las afueras de Buenos Aires, en un paraje llamado General Pacheco, unos 35 kilómetros al Nordoeste de la ciudad capital, un terreno de 111 hectáreas. Gastaron 70 millones de dólares, que es la mayor inversión hecha alguna vez por una industria automotriz en el exterior. Y no será precisamente para abastecer a los sudamericanos con automóviles. Detrás de todo esto está el proyecto de levantar un gran complejo industrial donde sin muchos cambios se pueda dejar de fabricar automotores y comenzar el ensamblaje de cohetes. Todas las referencias preliminares que poseemos apuntan a que la fábrica tiene pasillos con un ancho suficiente como para desplazar por ellos misiles de cualquier tamaño.

Koloshenko pausó un instante y siguió:

-El proyecto es un calco de lo que los yanquis ya hicieron durante la última guerra. Con el agregado que en este caso nadie sospecha de la finalidad verdadera del mega emprendimiento. Por fuera parece una gran casa de muñecas, pero por dentro todo está listo para reemplazar la fabricación de automotores por una producción bélica de avanzada. Y todo esto fuera del alcance de los cohetes soviéticos

Koloshenko esbozó una sonrisa mientras miraba a los asistentes, para concluir: "Es lo que ellos creen", y levantó las cejas.

-Tenemos la confirmación de nuestros últimos tres ensayos de vuelo, que con el nuevo propelente y la carga nuclear más liviana los UR-100 tienen un alcance de hasta 14.000 kilómetros.

"Desde luego este ataque sería en una segunda oleada", enfatizó Koloshenko, y prosiguió:

-Trataremos de orientar nuestras ojivas con la máxima precisión. Con dos explosiones de bombas de fisión a lo sumo podremos eliminar este nido de ratas imperialista. Ni en el Pentágono ni tampoco los muchachos que forman el Corps of Engineers Ballistic Missile Const Office en Omaha, Nebraska, deben imaginar que ya tenemos en la mira su joya más remota y preciosa, situado en una llanura inmensa y casi despoblada llamada Pampa. Ahora es el caso de anotar el objetivo, luego afinaremos las coordenadas del blanco, y por fin alistaremos dos cohetes con carga intermedia en un par de silos. Todo esto es la tarea que queda ahora a vuestro cargo.

"¿Y la carga de las ojivas?", consultó otro interlocutor de la rueda. "¡Fisión, simple fisión, estimado Vitebski!", respondió el coronel. "Estas edificaciones modernas de chapa acanalada, tuberías y columnas reticuladas vuelan al primer estornudo", sonrió. "Pues usemos las de fisión; y dejemos las de hidrógeno que le dicen, más pesadas y más costosas, para nuestros objetivos AA".

Vitebski levantó las cejas diciendo crípticamente: "La Gran Manzana…"

"Que puede ser amarga a veces, o tener un gusano", soltó Koloshenko con una carcajada socarrona.

"Me permito acotar que Argentina es un país occidental, pero neutral", agregó otro de los conferencistas.

"Ya lo sabemos", respondió Koloshenko. "Pero si un país admite la instalación de una nueva industria, debe saber a qué se dedica. Hace poco comenzaron a montarse allí automóviles, pero todo está previsto para producir cohetes balísticos, llegado el caso. Esto hay que tomarlo en cuenta antes…"

Sin otras palabras, Koloshenko se levantó, saludó y se retiró. Afuera lo recibieron los primeros vientos fríos del invierno que se aproximaba.

***

La fecha en que este diálogo tuvo o pudo haber tenido lugar fue durante la Crisis de Misiles de Cuba que escaló el 27 de octubre de 1962. Fue cuando el presidente Kennedy ordenó a la US Navy interceptar el trasporte soviético Grozny que llevaba cohetes, municiones y lanzadoras móviles con destino a Cuba.

El texto que precede se basa en testimonios personales que el autor recogió en su momento de parte de técnicos norteamericanos que trabajaban en la instalación del complejo industrial Ford en General Pacheco.

Durante el conflicto de las Malvinas ocurrió algo parecido, talvez más concreto: en momentos en que los británicos se veían en figurillas, Mss. Thatcher ordenó al capitán de uno de los submarinos atómicos enfocar -nada más que enfocar- la ciudad de Córdoba, just for the case…

Cuando los misiles soviéticos apuntaron sobre Pacheco
Planta de la Lockheed en Burbank, antes (izquierda) y después del camuflaje (derecha).

Cuando los misiles soviéticos apuntaron sobre Pacheco
Estacionamiento de los autos de obreros y empleados bajo la gran red protectora. En la planta Willow Run, de la Ford sSe armaban 25 bombarderos B 24 por día. Cada avión se componía de 488.193 partes

Notas:

(1) http://thinkorthwim.com/2007/08/19/1034/

(2) http://en.wikipedia.org/wiki/Atlas_%28missile%29)

(3) http://www.strategosinc.com/willow_run.htm